"Yo era una niña durante la Gran Depresión, y tenía once años cuando Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial. Escribí este libro en los años sesenta, una época de mareas altas y vientos fuertes, de gran esperanza y locura salvaje, cuando durante un tiempo parecía que existía una visión más generosa que podría remplazar el sueño agrio de la especulación y el consumo que ha sido la ruina de mi país.
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Cuando miro el libro ahora, veo cómo refleja ese tiempo. Junto con el movimiento activo para liberar Estados Unidos de la injusticia racista y el militarismo, había una visión real de liberarse del materialismo compulsivo, la confusión de los bienes con el bien. Sin embargo, ya estábamos viendo que en gran parte de esa visión se devanecía en ilusiones o se perdía en las drogas.
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Siendo como soy una puritana irreligiosa y una mística racional, creo que es irresponsable dejar que una creencia piense por ti o un producto químico sueñe por ti.
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Así que los oscuros temas de pérdida y traición del libro tomaron forma. [...] El mal, en este libro, tiene una forma humana fea e inmediata, porque vi el mal no como una horda de demonios extranjeros con dientes podridos y armas tremendas, sino como un enemigo insidioso y siempre presente en mi propia vida diaria en mi propio país: la ruinosa irresponsabilidad de la codicia".

Epílogo de "La costa más lejana", tercero de los libros de Terramar. Parece mentira que esto no lo escribiera Ursula K. Le Guin en estos tiempos que corren sino hace bastantes décadas.

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