𝑩𝒂𝒓𝒖𝒄𝒉 𝑺𝒑𝒊𝒏𝒐𝒛𝒂: 𝒆𝒍 𝒇𝒊𝒍𝒐́𝒔𝒐𝒇𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒑𝒓𝒆𝒇𝒊𝒓𝒊𝒐́ 𝒍𝒂 𝒗𝒆𝒓𝒅𝒂𝒅 𝒂 𝒍𝒂 𝒄𝒐𝒎𝒐𝒅𝒊𝒅𝒂𝒅
Baruch Spinoza nació el 24 de noviembre de 1632 en Ámsterdam dentro de una familia de judíos sefardíes procedentes de Portugal que habían huido de la Inquisición.
Creció en una comunidad marcada por el exilio y la defensa de la tradición religiosa.
Sin embargo, desde muy joven empezó a mostrar una curiosidad intelectual que lo llevaría por un camino bastante diferente al que su familia esperaba.
Su madre murió cuando él tenía seis años y fue su padre quien se ocupó de su educación.
La intención familiar era que se convirtiera en rabino, por lo que estudió profundamente el Antiguo Testamento, el Talmud y algunos textos de la tradición cabalística.
Pero el contacto con el pensamiento racionalista europeo cambió su forma de ver el mundo.
Aprendió latín y comenzó a leer a pensadores como René Descartes y Thomas Hobbes.
Ese choque entre la tradición religiosa y el pensamiento racional despertó en él un espíritu crítico que terminaría costándole muy caro.
En 1656, con solo 23 años, fue expulsado de la comunidad judía de Ámsterdam mediante un cherem (excomunión).
El documento es uno de los más duros que se conocen.
En él se le acusa de herejía y se ordena que nadie mantenga relación con él ni lea sus escritos.
La razón principal fue su forma de entender a Dios: Spinoza defendía que Dios no era una entidad personal que interviene en el mundo, sino que Dios y la naturaleza son lo mismo, una idea que resumió con la expresión latina Deus sive Natura.
Tras la excomunión quedó prácticamente aislado.
De hecho, poco después un fanático intentó apuñalarlo a la salida de un teatro.
Spinoza sobrevivió y, según cuentan algunas fuentes, conservó durante años su capa con el corte de la navaja como recuerdo de hasta dónde podía llegar la intolerancia.
A partir de entonces llevó una vida muy discreta.
Decidió no depender de instituciones ni de mecenas poderosos para preservar su independencia intelectual.
Para mantenerse económicamente se dedicó a pulir lentes ópticas de gran precisión, utilizadas en telescopios y microscopios.
Su trabajo era tan bueno que científicos como Christiaan Huygens y Gottfried Wilhelm Leibniz reconocieron su habilidad técnica.
Este oficio, sin embargo, terminó afectando gravemente su salud.
El polvo microscópico del vidrio que inhalaba al trabajar dañó sus pulmones con el paso de los años.
Durante su vida rechazó varias oportunidades que le habrían dado una posición cómoda.
En 1673 le ofrecieron una cátedra de filosofía en la Universidad de Heidelberg.
Spinoza la rechazó porque el puesto exigía no cuestionar la religión oficial.
También declinó una pensión que le ofrecía Luis XIV a cambio de dedicarle una obra.
Su postura fue clara: prefería una vida modesta antes que ver limitada su libertad para pensar y escribir.
Su filosofía fue tan polémica que muchos de sus libros circularon de forma anónima. Incluso fueron incluidos en el Índice de libros prohibidos de la Iglesia católica.
Su obra más importante, Ética demostrada según el orden geométrico, no se publicó hasta después de su muerte.
Spinoza murió el 21 de febrero de 1677 en La Haya, con solo 44 años, probablemente a causa de tuberculosis o silicosis derivada de su trabajo con vidrio.
Falleció en su habitación alquilada mientras sus caseros estaban en la iglesia.
A su lado se encontraba su amigo y médico Lodewijk Meyer.
Sus amigos sabían que los manuscritos que había dejado podían ser confiscados, así que actuaron con rapidez.
Sacaron de su habitación un escritorio cerrado con llave que contenía sus textos inéditos, lo enviaron en secreto a Ámsterdam y allí se publicaron poco después bajo el título Opera Posthuma.
Gracias a esa operación clandestina se conservaron sus obras más importantes.
Fue enterrado en la iglesia Nieuwe Kerk, aunque con el paso de los siglos sus restos se perdieron en una fosa común.
Curiosamente, ese destino encaja con su propia filosofía: el individuo desaparece, pero la sustancia universal —la naturaleza— permanece.
La única relación amorosa que suele mencionarse en la vida de Baruch Spinoza está vinculada a la hija de su maestro de latín, Franciscus van den Enden, en Ámsterdam.
Algunos relatos posteriores afirman que Spinoza se enamoró de Clara Maria van den Enden, pero ella terminó interesándose por otro estudiante con mayor posición económica.
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