𝑳𝒂𝒔 𝒏𝒐𝒗𝒊𝒂𝒔 𝒅𝒆𝒍 𝒕𝒂𝒃𝒂𝒄𝒐: 𝒄𝒖𝒂𝒏𝒅𝒐 𝒄𝒂𝒔𝒂𝒓𝒔𝒆 𝒆𝒏 𝑨𝒎𝒆́𝒓𝒊𝒄𝒂 𝒄𝒐𝒔𝒕𝒂𝒃𝒂 𝟏𝟐𝟎 𝒍𝒊𝒃𝒓𝒂𝒔 𝒅𝒆 𝒕𝒂𝒃𝒂𝒄𝒐
En 1620, cuando la colonia inglesa de Jamestown apenas lograba sobrevivir, surgió una solución bastante peculiar para uno de sus mayores problemas: casi no había mujeres.
La población estaba formada sobre todo por hombres jóvenes —soldados, aventureros o trabajadores— y sin familias la colonia tenía pocas posibilidades de estabilizarse.
La empresa que gestionaba la colonia, la Virginia Company, decidió intervenir. Organizó el viaje de mujeres solteras desde Inglaterra para que se casaran con los colonos.
Hoy a veces se habla de ellas como “novias por correo”, pero el término histórico más cercano fue Jamestown Brides o incluso Tobacco Wives, porque el coste del viaje se pagaba… con tabaco.
Y sí, suena raro, pero tiene lógica en el contexto de la época.
El viaje de cada mujer —transporte, ropa y manutención— costaba inicialmente 120 libras de tabaco.
Esa cantidad debía pagarla el colono que quisiera casarse con ella.
No era un pago a la mujer, sino un reembolso a la compañía por los gastos del traslado.
Con el tiempo, como la demanda creció muchísimo, el “precio” subió hasta 150 libras de tabaco.
Ahora bien, aquí viene un matiz importante: no eran mujeres compradas ni esclavizadas. Legalmente eran mujeres libres.
De hecho, tenían algo bastante inusual para el siglo XVII: derecho a rechazar pretendientes.
Si un hombre no les gustaba, podían decir que no.
Y la compañía debía mantenerlas hasta que eligieran marido.
La gran pregunta es inevitable:
¿por qué aceptar un viaje tan arriesgado si en Inglaterra había hombres de sobra?
La respuesta tiene mucho que ver con la realidad social de la época.
Muchas de estas mujeres eran criadas, viudas o hijas de familias muy pobres.
En Inglaterra, si no tenías dote, tus opciones eran bastante limitadas: servicio doméstico de por vida o matrimonios muy modestos.
La movilidad social era prácticamente inexistente.
En cambio, en Virginia la situación era muy distinta.
Primero, había escasez extrema de mujeres, lo que les daba un poder de negociación inusual.
Podían conocer a varios pretendientes y elegir.
Segundo, el matrimonio podía significar un ascenso social inmediato.
Muchos colonos poseían plantaciones o tierras.
Al casarse, ellas pasaban a formar parte de esa propiedad familiar, algo que en Inglaterra probablemente jamás habrían conseguido.
Además, la compañía prometía ropa, ajuar y apoyo inicial, y en muchos casos las familias acababan gestionando tierras propias.
En una sociedad donde la tierra equivalía a poder, aquello era una oportunidad enorme.
Claro que la realidad no era romántica.
Las mujeres que llegaban a Jamestown se encontraban con un entorno durísimo.
Pasaban de ciudades o pueblos ingleses a una frontera salvaje.
Tenían que aprender a cultivar, administrar un hogar en condiciones precarias y sobrevivir a enfermedades, escasez de alimentos y conflictos con pueblos nativos.
En resumen:
no viajaban porque en Inglaterra faltaran hombres, sino porque faltaba futuro.
En América, aunque el riesgo era enorme, podían aspirar a una vida que en su país natal estaba prácticamente fuera de su alcance.
Y Jamestown no fue el único caso.
Décadas después, en la Nueva Francia, el rey Louis XIV financió el viaje de unas 800 mujeres conocidas como las Filles du Roi (“Hijas del Rey”) para poblar el territorio de New France.
Allí, en lugar de tabaco, el propio monarca les entregaba una pequeña dote para empezar su nueva vida.
Historias así recuerdan algo curioso de la colonización: muchas veces no fueron los soldados ni los exploradores quienes aseguraron el futuro de una colonia… sino las mujeres que decidieron cruzar el océano para empezar de cero.
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