El otro día estaba en el súper, mirando dos marcas “distintas” de galletas.
Pensando que estaba eligiendo mejor.
Más barato. Más sano. Más cercanía. Más sostenible.

Hasta que miré la letra pequeña.
Mismo grupo empresarial.

Perdonad la simplificación, pero nos han vendido libertad en formatos de colores.

Empaquetados distintos.
Logos distintos.
Promesas distintas.

Pero detrás están los mismos consejos de administración.

Y esto no va de conspiraciones.
Va de concentración.

Cuando pocas empresas controlan muchísimo mercado:
– negocian precios desde arriba
– aprietan a productores
– influyen en regulaciones
– y condicionan lo que acaba en tu cesta

Entonces, ¿qué hacemos?

No se trata de vivir en una cueva ni de flagelarse por cada compra.

Se trata de:
– apoyar lo local
– reducir lo que no necesitamos
– mirar quién está detrás
– y exigir políticas que limiten los oligopolios

No es que no tengamos margen.
Es que el margen es más pequeño de lo que creemos.

Y el primer paso no es sentirse culpable.
Es dejar de creer que el lineal infinito es sinónimo de libertad.

Porque la libertad real no es elegir entre veinte envases del mismo dueño.

Es poder decidir en un sistema donde el poder económico no esté concentrado en tan pocas manos.