Si un adversario extranjero recortara nuestra educación y nuestra ciencia, lo llamaríamos acto de guerra. Pero cuando lo hacemos nosotros mismos, lo celebramos como política responsable. Llevamos 45 años aplaudiendo el vaciamiento estratégico de nuestro futuro. Y lo digo con conocimiento de causa: he vivido distintas épocas, he visto cómo se repetían los mismos errores, y ahora me toca disfrutar —o padecer— lo que otros votaron. Es el precio de la indiferencia colectiva, disfrazada de democracia
