🕷️𝑳𝒐𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒒𝒖𝒆𝒅𝒂𝒎𝒐𝒔 🕷️
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Cuando todo empezó, la gente se reía de los rumores: que las vacunas nos convertirían en zombis, que perderíamos la cabeza… yo no sabía si creerlo hasta que lo vi con mis propios ojos.
El mundo cambió en una semana. Calles vacías, coches abandonados, tiendas saqueadas. Y luego ellos… los zombis. No hay nada como mirar a alguien que antes te sonreía y ver cómo sus ojos se vuelven grises, su piel se marchita, y solo queda hambre y ruido.
Yo era inmune. No sé si fue suerte, genética, o un milagro sin explicación. Lo cierto es que caminaba entre la catástrofe sin contagiarme, viendo a los demás caer, mientras mi corazón se encogía por cada amigo perdido.
Sobrevivir no era solo esquivar mordiscos; era aprender a desaparecer del radar. Me movía de noche, dormía en edificios abandonados, recolectaba comida y agua donde podía. Un día encontré un viejo taller y armé mis defensas: puertas reforzadas, barricadas, incluso trampas simples con cuerdas y pesas.
No podía confiar en nadie, no al principio. Cada humano que veía podía estar infectado y no mostrarlo… hasta que lo hacía. Aprendí a leer sus gestos, sus respiraciones, hasta los pequeños movimientos de los ojos. Eso salvó mi vida más de una vez.
Para defenderme, improvisé. Palos, cuchillos, cadenas… no era elegante, pero funcionaba. Lo que importaba era la precisión, la calma. Nadie corre mucho cuando su corazón late a mil por hora. Aprendí a mirar a los ojos del miedo y no parpadear.
Y en medio de todo eso, hubo momentos raros: nostalgia de la música, el olor del pan recién hecho, la sensación de que el mundo era nuestro antes de que todo se torciera. Me aferré a esas cosas, porque si perdía la humanidad mientras luchaba por sobrevivir… entonces todo habría sido en vano.
SIGUE ↘️

