El otro día me contaba mi madre que cuando ella era pequeña (años 50) pasaban voceando por las calles de su barrio unas señoras que te cambiaban los trapos viejos que tuvieras en casa por pequeños utensilios de cocina. Podía ser un plato, un puchero... lo que correspondiera a la cantidad de trapos que entregaras.
Luego me quedé pensando en que para volver a una sociedad con ese nivel de reciclaje y aprovechamiento habría que tener una situación de miseria similar o bien una economía planificada, cosa esta última que a la vista está que poca gente quiere.
Me puse un poco triste, porque a mí sí me gustaría cambiar mis camisetas viejas de estar por casa llenas de agujeros por un platito de cerámica de Talavera.