RESEÑA

Ignatius Reilly vive con su madre, una señora mayor que sueña con que su hijo encuentre un trabajo a la altura de sus estudios. Una tarde en la que la espera en la calle, el patrullero Mancuso lo confunde con un delincuente. En la escena participarán varios personajes: Jones -un chico negro que no consigue trabajo-, -Claude, un anciano adinerado obsesionado con los comunistas- y el mismo Angelo Mancuso, un policía ninguneado por sus superiores porque no consigue detener a nadie. Todos ellos se verán envueltos en los enredos de Ignatius, cuyo mayor propósito parece ser el de hacer sufrir a su pobre y querida madre.

“La conjura de los necios”, de John Kennedy Toole, es hoy recordado como un gran clásico de la literatura norteamericana. Su protagonista principal, Ignatius Reilly, es el prototipo de antihéroe: desagradable, mojigato, prejuicioso, egoísta, holgazán y estrafalario-, una caricatura que protagoniza divertidas escenas bajo las que subyacen no pocas desgracias. Personajes tan memorables como el patrullero Mancuso, que apenas habla durante el relato -un claro símbolo del desprecio al que es sometido-, Gus Levy y su señora -un hombre de negocios que tiene una mujer que solo desea verlo en la ruina, aunque ella caiga-, Jones -un joven negro que intenta buscar un trabajo decente en una época en la que el color de su piel era sinónimo de criminalidad- o Myrna Minkoff -la novia por carta de Ignatius, cuya relación de amor-odio es tan intensa como curiosa-. “La conjura de los necios” parece no contar nada, pero a la vez es un gran retrato de la sociedad de su época -años sesenta, Nueva Orleans, sur de Estados Unidos-, de su contexto histórico, tan complicado. Ignatius es un personaje complejo en tanto que maneja un bagaje cultural que hay que comprender para disfrutar de algunas de sus excentricidades, además de resultar un personaje peculiar...

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porque fluctúa entre la idiotez y la inteligencia propia de los personajes malvados, casi una especie de astucia, auspiciada por la que él llama “Fortuna”, que se pone de su parte en los momentos críticos, haciendo que salga airoso. En su vaivén tragicómico sobran los insultos -y el lenguaje obsoleto propio de otra época-. A pesar de su extensión, resulta una obra ágil que demuestra la capacidad de su autor, que hila fino momentos en apariencia intrascendentes que vienen a concluir en la tormenta perfecta. El final de la novela está a la altura de su protagonista.

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