Ecos del suyo propio

Nombre de pila,
Una joya en la vida,
Reconocimiento,
Levantar una copa y festejar al menor momento,
Aullido enfermo,
La curiosidad del encuentro y esa felicidad que te la debo a ti;
A esos ojos húmedos que obedecen mi canto,
La verdad íntima en el silencio,
En la explosión de aquellos días,
Un deseo,
Un mandamiento
Y el desaliento ingenuo de no encontrarlo ahí,
En ese punto que afirmaba ser el último rincón del mundo.
Un momento,
Mis fragmentos,

Ese cielo que me abraza
Y todo ese fuego que arde,
Un nombre,
El tuyo
Y toda nuestra historia concentrada en un segundo,
En la explosión de aquél momento,
Un número,
Un segundo,
Tu nombre,
El caos que me produce
El mundo que pasa
Como si fuese un desplazamiento fuera de mí.
Soy la muerte.
Fuego,
Inmensa confusión
Aterradora noche
Insensibles ante la inmensa tragedia
Según el testimonio,
Como un bosque
Las hogueras aún se podían distinguir unas de otras.
El fuego comenzaba a extenderse.
Fulgor.
Velas,
Antorchas enloquecidas atraviesan Tokio,
Puentes en dirección opuesta
Canales
Temperatura ambiente,
Refugiados
Y falta de oxígeno.
Se lanzaron a la mañana siguiente
Cadáveres hervidos
Aire caliente,
Metros,
Toneladas de papel.
La tempestad.
Con el nuevo día resultaron heridas,
Resultaron calcinados,
Sin hogar,
Satisfecho.
Destruidos,
Desaparecidas.
Industriales.
Entre marzo y bombas,
El segundo escalón,
La última Cumbre,
Todas y cada una de ellas fue pasada por el fuego.
Con todo iba a ser sólo el pregón,
Reservadas para su inmolación en el holocausto atómico.