Tengo una colección de notas que son epístolas no enviadas. Siempre me encantó ese género, siempre lo cultivé con quien pude. Luego se fueron y me quedé yo con cartas que ahora escribo a nadie. A ti, en concreto, te dedico todos los días una: pienso en ella, la escribo, la releo, te siento dolido dentro de mí... Y luego la borro. Todos los días una. Siempre es diferente, porque cada día el dolor es distinto. Cada día recuerdo cosas distintas. Pero de fondo siempre estás tú...
Lo que daría por volver a ese espacio de seguridad, a ese espacio ajeno al juicio, ese espacio libre que había entre los dos. Nos lo podíamos decir todo y nada. A veces ni siquiera teníamos que decirnos algo para entendernos. Qué cosa tan escasa, la comunicación sin barreras, como si nos conociésemos desde hace décadas, la intimidad que entraña. Y también estar en la misma "onda", saber que lo que siento tiene una continuidad en lo que tú sientes... Ya no. Ese hilito dio de sí y se partió.
No... No alcanzo a entender la magnitud de lo perdido aunque lo sienta con todo su peso. Me veo aún negándolo aunque soy plenamente consciente de ello. ¿Tiene eso sentido? Me veo esperanzado a veces, soñando con un futuro en el que, la vida, esa gran agente a nuestro favor, ¿no?, nos junte otra vez. Como en las pelis; o en esas anécdotas de conocidos que siempre han abundado pero que, por alguna razón, ahora mismo no se aplica a nosotros. "Nosotros no volveremos". ¿Por qué no?
Se hace increíblemente monótono una ruptura después de meses, aún sin superar, teniendo que encajar... algo, sin saber el qué y, sobre todo, sin saber a dónde o cómo. Es un atasco completo. Parón (que no borrón). La historia no continúa. "¿Y ahora qué?", ¿ahora qué pasa? Una y otra vez reviviendo las glorias, las memorias, los besos, las miradas, las risas, las caricias, los cariños, los audios, las fotos... Ahí, atrapado. Estoy ahí, no tengo nada más que decir. Y de alguna forma la vida sigue.
Sigue, porque seguir sigue, pero no sigue. Simplemente todo queda suspendido en el aire. Y de repente te sueltan: "ya se pasará", "vas a estar bien", "ya habrá otro"... Y ahí me vuelvo añicos. Imploto en miles de pedazos. Quedo destruido. Lo que pretende ser un ánimo se ha convertido en una bomba de relojería, ¡pum! "Cállate, anda", pienso. "Cállate, que siga el silencio mejor", "no tienes que decir nada"... Me dueles de maneras infinitas, Ajotadegé. Y me duele más aún no poder compartirlo.