Dentro del colapsismo, entendido este como una suerte de zeitsgeist que concibe el colapso (social y ecológico) como inevitable e incluso deseable hay varias posturas; desde el preparacionismo individualista hasta el nihilismo derrotista, pasando por el aceleracionismo que cree que forzar la maquinaria hasta que esta se pare es algo positivo porque, tras el colapso, una nueva sociedad mejor para todas surgirá de las cenizas del capitalismo.

Y es aquí donde me quiero detener...

Esta concepción teleológica de la historia (con la que coqueteaba Marx en los Grundrisse pero que ya había abandonado para cuando publicó El Capital) me parece no únicamente peligrosa (el capitalismo tiene infinitas maneras de reinventarse) sino que adolece de una incapacidad de analizar las condiciones materiales históricas de las últimas siete décadas.

¿Por qué digo esto? Porque, si miramos lo que ha ocurrido en aquellos países que han colapsado a lo largo de la segunda mitad del siglo pasado y de todo lo que llevamos del presente siglo lo que observamos no es una transición a un sistema más igualitario, pluralista o justo. Lo que observamos, casi sin excepción, es el surgimiento de teocracias totalitarias o paratotalitarias.

Lo hemos visto en Irán, en Siria e Iraq, en Egipto, en Rusia, etc.

¿Por qué se produce este fenómeno? Porque el colapso no es una situación sobrevenida que se produce de la nada; el colapso es la consecuencia de cambios graduales en una sociedad que culminan en un cambio cualitativo del paradigma. Los cimientos van pudriéndose hasta que el edificio se desploma.

Y es en ese periodo de cambios cuantitativos donde hay que fijarse. Porque, en el mundo de hoy, esos cambios siempre son el desmantelamiento progresivo del estado del bienestar.

El mismo estado del bienestar logrado gracias a que los gobernantes de occidente vieron como en ciertos países se montaban revoluciones comunistas y, temiendo acabar como los Romanov, cedieron a parte de las demandas de la clase trabajadora a cambio de conservar sus cabezas.

Pero el mundo ha cambiado y no hay un bloque del este. Años de propaganda han afianzado la hegemonía capitalista y, perdido el miedo, tocaba despiezar las conquistas sociales para venderlas al mejor postor.

¿Y qué ocurre cuando eliminas esa red de seguridad? ¿Que ocurre cuando privatizas la sanidad, la educación, los servicios sociales? Que hay gente que no puede acceder.

¿Y quien ocupa ese vacío? Invariablemente, la iglesia (quien dice iglesia dice lo equivalente en cualquier religión).

Son los religiosos quienes se ocupan de estas personas de las que antes de ocupaba el estado. Pero esto, claro, no lo hacen gratis.

Cuando sobreviene el colapso y la gente mira en derredor para saber qué hay que hacer a continuación, allí están los religiosos. Y claro, la mayoría de los desposeídos, los trabajadores, los pobres, estas personas tienen una deuda de gratitud para con ellos.

Y así, los religiosos se colocan en el poder. Pasó con los ayatolás en Irán, con los Talibán en Afganistán, con la iglesia ortodoxa rusa en Rusia y está pasando con los evangelistas en USA y Brasil.

Creer que acelerando el colapso llegaremos antes a alguna suerte de utopía post-capitalista es estar ciego a la realidad.

La parte buena es que podemos contrarrestar el avance de los fundamentalismos, pero para ello nos necesitamos les unes a les otres. El apoyo mutuo puede tejer redes para proteger a quien más lo necesita, en lugar de dejar esa tarea a los clérigos que nunca, y repito, NUNCA lo hacen a cambio de nada.

@Shine_McShine Es un derribo controlado. Se aseguran el control de todos los medios de difusión,para camuflar la destrucción de la democracia y su sustitución por sociedades ultra capitalistas teocráticas. Las lecciones aprendidas de los últimos 200 años hacen que se anticipen a cualquier conato de rebeldía,modificando leyes y anulando derechos. Todo disidente es acusado de terrorista,induciendo a la sociedad a colaborar en la represión,en pos de un "bien común". Y van ganando.