Las razones por las cuales un personajucho tan cruel, mezquino e hiriente como Risto Mejide haya alcanzado la fama son las mismas por las cuales individuos como Andrew Tate gozan de la popularidad que gozan.

Todo es una decisión consciente y premeditada por crear una especie de culto al 'malismo' que bebe de la ficción de las últimas décadas.

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A finales de los 90 y principios de los dosmiles se empezaron a introducir una serie de personajes en la ficción alejados de cánones como esos personajes morales y correctos -cuyo epítome sería Atticus Finch- para virar hacia protagonistas turbios y abiertamente tóxicos.

No hablo del tropo de "rebelde con el corazón de oro", no. Eran personajes directamente crueles, mezquinos, hirientes, a los que se presentaba como un modelo a imitar.

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Personajes cuya crueldad no solo no era castigada, sino que incluso eran recompensados y admirados por ello.

Personajes que van desde Gregory House hasta Sheldon Cooper, pasando, por supuesto, por gente como Tyler Durden, Patrick Bateman y la versión ficcionalizada de Jordan Belford.

Los protagosnistas nobles y buenos ya no despertaban el interés de la audiencia. Las masas anhelaban adorar a un cafre sin escrúpulos.

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Y como la vida imita al arte, pues empezaron a aparecer personajuchos en la vida real cuyo comportamiento copiaba esa crueldad, mezquindad y amoralidad de los personajes de ficción.

No es casualidad que Risto saltara a la fama en la mísma época en la que House batía todos los records de audiencia.

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Como he dicho, este culto al malismo implica la asunción de que nunca se será castigado por comportarse como un auténtico cretino con los demás, e incluso será recompensado.

Por eso cortocircuitan cuando alguien les señala su crueldad y sus prejuicios y les hace responsables de sus acciones, porque eso no estaba en la hoja de ruta. Y por eso se inventaron la "cultura de la cancelación".

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Personajes como Risto o Tate aparecen ante su audiencia como antihéroes de una obra de ficción, emulando las mismas actitudes que sus homólogos de la tele y el cine. Y mucha gente lo compra.

Pero la vida real no es ficción y las acciones y las actitudes de mierda tienen sus consecuencias. En el fondo, toda esta tropa de "enfants terribles" creyéndose Leónidas en las Termópilas no son sino niños incapaces de diferenciar la realidad de la ficción.

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Por eso, cuando la realidad les abofetea, lloran.

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