Tremendo ver cómo la lógica del “crédito social” contamina cualquier intento de consolidar una “red social alternativa”.

El soporte cambia, pero al poco tiempo destaca el mismo perfil de persona que ya domina las redes sociales tradicionales: aristocracias intelectuales de baratillo, expertos en posicionamiento SEO individual cuyo único mérito es combinar las palabras clave en el orden que mejor guste al lector.

Si la justificación que le damos a la decisión de tener presencia en una red social es encontrar “contenido de interés” fuera del radar mayoritario, entonces es probable que nos estemos equivocando. Al crecer en importancia social (prácticamente la mitad de noticias derivan de temas que han sido virales en redes), las RRSS se vaciaron de contenidos no alineados con un mainstream que ahora se nutre de ellas para diseñar la imagen de la “actualidad”.

Las redes sociales, incluidas aquellas que se autoidentifican como alternativas, ofrecen el equivalente en el pensamiento de la comida basura: una serie de productos empaquetados y de consumo rápido, que satisfacen la mera curiosidad a cambio de no incitar nunca al acto de pensar.

La cronología presenta en la forma de menú hipersimplificado (microblogging organizado según criterios de “crédito social”) la búsqueda de fuentes de calidad, que constituye requisito indispensable para que haya pensamiento. Elegir a la carta se ha vuelto demasiado cansado para alguien que quiere que se lo den todo hecho.