Conocí a Laura Pons y a su corte en el poblet costero donde de niños pasábamos las vacaciones, aunque solo mi madre se instalaba el verano largo que arranca con el primer del sol de mayo y se prolonga hasta esa entrada de aire frío que a primeros de noviembre niega el baño a todo el que no sea nativo o disfrute de unos huesos de hierro.
El poblet está contado enseguida. Queda en la zona del sur de Europa que los catalanes nos obcecamos en considerar un norte. Le rodea un semicírculo de montañas cubiertas de pinos, del que descienden masos dispersos que van acumulándose hasta formar un tejido continuo alrededor de la plaza donde se vigilan la Iglesia y el Ayuntamiento; instancias de autoridad que coinciden en darle la espalda a la doble hilera de casas (azul, pastel, rosa, crema) que se abren al mar como un anfiteatro.