En muchos sentidos estoy disfrutando la caída de Tuiter.
Además de haber sido colonizado por empresas, se había convertido en un pozo de odio, alimentado por bots y agitadores generosamente financiados por el neofascismo internacional.
Que sea el gran gurú del tecnofeudalismo (emparentado con los anteriores) quien lo destruya es hasta poético.