El votante, envenenado por la propaganda, intoxicado en sus entrañas y sin conciencia política en su cerebro, manifiesta como resultado el rictus de la sonrisa sardónica. Un votante de un Estado de partidos, como ya ha sido demostrado, es incluso capaz de llevar durante dos años un trapo en la cara, con tal de intentar ser apreciado por sus amos.

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