𝑮𝒂𝒏𝒅𝒉𝒊, 𝒆𝒍 𝒍𝒂𝒅𝒐 𝒊𝒏𝒄𝒐́𝒎𝒐𝒅𝒐
Cuando se habla de Mahatma Gandhi, casi siempre aparece la imagen del líder pacífico, el símbolo de la no violencia que ayudó a liberar a la India del dominio británico.
Pero su historia, si se mira de cerca, es más incómoda.
Durante su etapa en Sudáfrica, a finales del siglo XIX, Gandhi no era todavía el “Mahatma”.
Era un abogado joven, formado dentro del sistema colonial británico, y eso se nota en sus escritos de la época.
Por ejemplo, utilizó el término “kaffir”, que era (y es) un insulto racial dirigido a la población negra africana.
No solo eso: en esos años defendía principalmente los derechos de los indios, pero no planteaba una igualdad real con la población africana.
De hecho, en algunos textos llegó a sugerir que los indios estaban “un paso por encima” dentro de la jerarquía colonial.
Hay otro punto que suele generar debate: en 1908 protestó porque los prisioneros indios compartieran celdas con africanos negros.
Esto no encaja con la imagen universalista que luego representaría.
Ahora bien, quedarse solo con esa foto sería simplificar demasiado.
Con el paso del tiempo, Gandhi cambió.
Cuando regresó a la India en 1915, su visión se amplió.
Empezó a enfrentarse no solo al colonialismo, sino también a problemas internos muy duros, como el sistema de castas.
Defendió a los dalits (los llamados “intocables”), a quienes llamó Harijans (“hijos de Dios”), intentando dignificar su posición dentro de la sociedad india.
Es ahí donde aparece su filosofía más conocida: la no violencia activa, o satyagraha, que luego influiría en figuras como Martin Luther King Jr. o Nelson Mandela.
Pero la cosa no termina ahí.
En sus últimos años, Gandhi llevó su idea de disciplina personal a un extremo que incluso sus seguidores consideraron problemático.
Practicaba el brahmacharya, un concepto hindú que busca el control total de los deseos, especialmente los sexuales, como camino espiritual.
El problema es cómo lo aplicó.
Para “probar” su autocontrol, dormía desnudo con mujeres jóvenes, entre ellas su sobrina nieta Manu Gandhi y Abha, esposa de otro familiar.
Él defendía que si era capaz de no sentir deseo, demostraba una pureza espiritual capaz incluso de influir en la violencia del país.
Muchos de sus contemporáneos no lo vieron así.
Jawaharlal Nehru llegó a calificar estas prácticas como absurdas.
Algunos colaboradores abandonaron su entorno, incómodos con lo que consideraban una línea ética cruzada, especialmente por el papel de las mujeres en esos “experimentos”.
Hoy, todo esto sigue generando discusión.
En 2018, por ejemplo, una estatua suya fue retirada de una universidad en Ghana tras protestas que señalaban su pasado en Sudáfrica como racista.
Entonces, ¿qué hacemos con Gandhi?
Depende de cómo mires la historia.
Si buscas figuras perfectas, estos datos pesan mucho.
Si lo ves como un personaje que evoluciona —con errores serios al principio y decisiones cuestionables incluso al final—, la lectura cambia.
Ni santo intocable ni villano simple.
Más bien alguien que refleja lo complicado que puede ser el ser humano cuando tiene poder, ideas… y contradicciones.
Y eso, aunque incomode, también es historia.
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