Quizá no odiemos el invierno: odiamos que el trabajo asalariado nos haga perdernos las horas más luminosas y cálidas del día.
Quizá no odiemos el verano: odiamos el cambio climático y enfrentarnos aún más duramente a los cánones de belleza.
Odiamos la pobreza energética, la arquitectura hostil, la brecha vacacional de clase (los que pueden irse en verano vs los que no), la falta de terceros espacios para socializar y tener ocio cuando hay un clima adverso, la turistificación, la precariedad del trabajo estacional...
Odiamos el capitalismo.






