BOGOTÁ 2025: ¿LA CIUDAD «INTELIGENTE» PARA QUIÉN? LA BRECHA ENTRE EL DISCURSO Y LA REALIDAD ECO-SOCIAL
La sombra de la gentrificación digital, el extractivismo de datos y la sostenibilidad de cartón planea sobre el modelo de metrópoli hipertecnológica.
Bogotá, conocida desde hace tiempo por su experimentación urbana, ha ganado reconocimiento mundial por combinar la tecnología con la participación ciudadanaBOGOTÁ, 16 de noviembre de 2025. – La retórica es impecable, casi un mantra: “Ciudades inteligentes centradas en las personas”. Bogotá, se presentó al mundo como el laboratorio de un futuro urbano más justo y sostenible. Pero detrás del brillo de los sensores y las promesas de participación ciudadana, surge una pregunta incómoda: ¿puede un modelo urbano basado en la tecnología digital, intrínsecamente vinculado al consumo energético y la exclusión, ser realmente emancipador y ecológico?
El evento, organizado por ONU-Hábitat, reunió a la élite global del urbanismo en una ciudad que es, en sí misma, un crisol de contradicciones. Mientras se alaban proyectos como #TransMilenio, el sistema sufre de saturación crónica y ha sido parcheado, más que solucionado, con capas de tecnología. Se celebra la Ciclovía como un hito, mientras el modelo de movilidad sigue privilegiando al automóvil privado, ahogando la ciudad en ruido y contaminación.
“Una ciudad verdaderamente inteligente pone a las personas en primer lugar”, declaró el Secretario General de la ONU, António Guterres. Una declaración loable, pero que choca con la realidad de un sistema económico que prioriza la eficiencia y el crecimiento sobre el bienestar comunitario. La innovación, tal como se plantea a menudo, corre el riesgo de ser solo un barniz verde sobre una estructura profundamente insostenible.
LA ILUSIÓN DE LA «CIUDAD PERCEPTIVA»: ¿QUIÉN ES ESCUCHADO?
La propuesta de Carlo Ratti del MIT de pasar de la “ciudad inteligente” a la “ciudad perceptiva” es seductora. “Utiliza la tecnología para escuchar y servir mejor a sus ciudadanos”, afirma. Sin embargo, desde una perspectiva ecosocial, cabe preguntarse: ¿a qué ciudadanos escucha esta ciudad? ¿A los que tienen acceso a smartphones y datos móviles, o a los vendedores informales, los habitantes de barrios populares y las comunidades desplazadas por la presión urbana?
La inteligencia artificial Chatico puede ser útil, pero no reemplaza la atención pública presencial ni aborda la raíz de la burocracia. Digitalizar un servicio no lo hace necesariamente más accesible para una población envejecida o con bajos niveles de alfabetización digital. Esta “percepción” está, por diseño, filtrada por algoritmos que pueden perpetuar sesgos existentes.
EL COSTO ECOLÓGICO DE LA HUELLA DIGITAL
El discurso oficial elude una cuestión crucial: el inmenso costo ecológico de la infraestructura digital que sustenta la ciudad «smart». Los data centers, la minería de criptomonedas y la producción constante de dispositivos electrónicos tienen una huella de carbono descomunal y dependen de la extracción de minerales en países del Sur global, often en condiciones de explotación laboral y ambiental. ¿De qué sirve promover ecobarrios si la base tecnológica de la ciudad contribuye al colapso climático y al extractivismo en otras latitudes?
Ratti acierta al señalar que “el acto más radical puede ser no construir”. En una era de límites planetarios, la verdadera innovación no es añadir capas de tecnología, sino descrecer en el consumo de materiales y energía, priorizar la reparación, la reutilización y la economía circular real, no la de los informes de sostenibilidad.
LA SOSTENIBILIDAD COMO NEGOCIO: PELIGRO DE «GREENWASHING» URBANO
Iniciativas como Mi Casa Ya o Ecobarrios son loables, pero su escala es insuficiente frente a la magnitud de la crisis de vivienda y la segregación socio-espacial en Bogotá y en la mayoría de megalópolis. Existe el riesgo palpable de que estos proyectos se conviertan en islas de sostenibilidad para unos pocos, mientras la mayoría continúa lidiando con un transporte público colapsado, aire contaminado y falta de espacios verdes de calidad.
La “ciudad centrada en las personas” no puede ser un eslogan que oculte procesos de gentrificación impulsados por la llegada de industrias tech y la valorización del suelo. La innovación urbana, si no está radicalmente orientada a redistribuir la riqueza y el poder de decisión, se convierte en otra herramienta del capitalismo especulativo.
LA INTELIGENCIA ESTÁ EN LA COMUNIDAD, NO EN EL CHIP
El legado no debería ser una colección de gadgets, sino un compromiso firme con un urbanismo de los cuidados, la justicia social y la resiliencia ecológica profunda. La verdadera inteligencia no reside en un sensor, sino en la sabiduría de las comunidades para autoorganizarse, en la defensa de los bienes comunes y en un modelo de ciudad que priorice la vida—humana y no humana—por encima del flujo de datos y capital.
Como bien advirtió Ratti, “un árbol sigue siendo mucho más inteligente que cualquier edificio que podamos diseñar”. Quizás la lección más urgente para Bogotá y el mundo no sea cómo hacer las ciudades más listas, sino cómo aprender, por fin, a escuchar a los bosques y a la gente de a pie.
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