En tiempos de Gonzalo de Berceo, el pecado capital no era tanto la pereza como la acidia o acedía (del griego akedía), que originalmente era esa pereza negligente en que se te inunda Valencia y dices "ya se hará cargo alguien, que yo tengo mesa reservada en el Ventorro", o ves a un gran empresario español caer por un precipicio y dices: "le daría la mano, pero la tengo aquí calentita en el bolsillo".
Pues bien, yo llevo una temporada así, y me parece preocupante.






