El momento Suez de las élites estadounidenses: un imperio sin administradores


Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont

La justificación regulatoria de la seguridad nacional se utiliza para encubrir transferencias masivas de riqueza pública hacia corporaciones privadas (El Tábano Economista)

Los imperios rara vez reconocen el momento exacto en que comienzan a perder el control de sí mismos. La decadencia no suele presentarse como una derrota militar espectacular ni como una crisis económica definitiva. Aparece de manera más silenciosa. Se manifiesta cuando las clases dirigentes dejan de pensar en términos de sistema y comienzan a actuar exclusivamente en función de intereses particulares. Cuando la lucha por capturar recursos desplaza la capacidad de gobernarlos. Cuando las élites dejan de ser administradoras de un orden y se convierten en competidoras dentro de él. Esa es, probablemente, la transformación más importante que atraviesa hoy Estados Unidos.

Durante décadas, el debate sobre el poder estadounidense estuvo dominado por preguntas equivocadas. ¿Está declinando Estados Unidos? ¿Lo superará otra potencia? ¿Seguirá siendo el dólar la moneda dominante? ¿Podrá sostener su superioridad tecnológica? Estas cuestiones son relevantes, pero pasan por alto un problema más profundo. La creciente incapacidad de las élites estadounidenses para administrar el propio sistema que construyeron. La cuestión central no es la pérdida de poder. Es la pérdida de gobernanza.

Richard Lachmann, en una obra que tratamos en el artículo anterior, “Pasajeros de primera clase en un barco que se hunde”, formuló una de las descripciones más precisas de este fenómeno. Su argumento es que las élites contemporáneas ya no cumplen la función histórica que desempeñaron las clases dominantes exitosas de otros períodos. Las élites que construyeron imperios solían actuar, al menos parcialmente, como administradoras del sistema que garantizaba sus privilegios. Invertían en instituciones, infraestructura, estabilidad política y reproducción de largo plazo. Las élites actuales, en cambio, parecen comportarse como pasajeros de primera clase que continúan disfrutando de los beneficios del viaje mientras dejan de preocuparse por el rumbo del barco.

La metáfora resulta particularmente adecuada para describir la evolución reciente de Estados Unidos. El problema ya no es la existencia de una élite poderosa. El problema es la fragmentación de esa élite. Wall Street, Silicon Valley, el complejo militar-industrial, los gigantes energéticos, los fondos de inversión, los conglomerados mediáticos, los contratistas tecnológicos y las burocracias federales no forman un bloque coherente. Constituyen un conjunto de grupos que compiten permanentemente por influencia, recursos fiscales, subsidios, contratos públicos y acceso privilegiado al aparato estatal.

La captura del Estado norteamericano no se parece a la caricatura clásica de un pequeño grupo conspirando detrás de puertas cerradas. Es algo mucho más complejo. Wall Street prioriza estabilidad macroeconómica, acceso a mercados emergentes y previsibilidad regulatoria; Silicon Valley busca subsidios masivos a I+D e IA, protección de propiedad intelectual y estándares tecnológicos globales compatibles con sus modelos de negocio; el complejo militar-industrial depende de contratos de defensa a largo plazo y narrativas de amenaza que justifiquen presupuestos crecientes. Las élites tecnológicas ya no buscan simplemente influir en políticas públicas, sino reconfigurar el régimen de acumulación capitalista mediante acceso directo a decisiones gubernamentales y privatización de activos públicos.

La teoría de C. Wright Mills sobre la «élite del poder», que describió en 1956, sobre la convergencia de intereses entre las cúpulas corporativas, políticas y militares en Estados Unidos era real. Siete décadas después, esa tríada se ha expandido y sofisticado, pero también fracturado. Heather Gautney, en su revisión contemporánea de Mills, señala que “La nueva élite del poder” opera mediante mecanismos de captura regulatoria, financiamiento de campañas y rotación de personal entre sector público y privado, generando una autonomía estructural que limita la rendición de cuentas democrática. La élite sigue existiendo, pero ha perdido gran parte de su capacidad de coordinación. El desafío ya no es el exceso de cohesión. Es la ausencia de ella.

Durante las décadas de la globalización neoliberal, el bloque financiero representado por firmas como BlackRock, Vanguard y Goldman Sachs ostentaba la hegemonía en la formulación de la política exterior estadounidense. El imperativo absoluto era la apertura de mercados, la libre movilidad de capitales y el arbitraje laboral global. Las tensiones geopolíticas se consideraban externalidades manejables a través del arbitraje diplomático.

La Oficina de Industria y Seguridad (BIS) del Departamento de Comercio y el Consejo de Seguridad Nacional han impuesto restricciones que prohíben a los grandes fondos estadounidenses buscar rentabilidad en mercados estratégicos externos. Este vacío, dejado por la retirada parcial del capital financiero tradicional, ha dado lugar a una facción de élite sumamente agresiva que fusiona los intereses de Silicon Valley con las agencias de inteligencia y defensa. Empresas como Palantir Technologies, Anduril Industries y SpaceX ya no operan como meros proveedores tecnológicos del Estado, sino como arquitectos directos de la doctrina militar imperial.

Este bloque promueve activamente una narrativa de emergencia existencial perpetua. Al monopolizar el desarrollo de la inteligencia artificial de frontera, el análisis algorítmico de datos a gran escala y la guerra con sistemas no tripulados, esta élite ha logrado capturar los presupuestos de defensa nacionales. Un análisis publicado en The Financial Times detalla cómo los fondos de capital riesgo tradicionales han pivotado masivamente hacia el defense tech, creando un circuito cerrado de retroalimentación. Los empresarios tecnológicos financian campañas políticas y comisiones de expertos en Washington, las cuales posteriormente dictan directrices que declaran obligatoria la adquisición de software de inteligencia artificial exclusivo de esas mismas firmas tecnológicas.

Esta privatización y fragmentación tecnológica colisiona directamente con el complejo militar-industrial tradicional (Lockheed Martin, Raytheon, General Dynamics). El resultado es una absoluta incoherencia logística. Como ha advertido la RAND Corporation en sucesivos informes sobre la base industrial de defensa de los EE.UU., el sistema actual es incapaz de sostener guerras de alta intensidad prolongadas debido a su hiperconcentración corporativa. Décadas de fusiones permitidas por el Estado para favorecer los dividendos de los accionistas redujeron el número de contratistas principales de defensa, eliminando la redundancia productiva.

El Estado americano gasta más en defensa que los siguientes diez países combinados, pero padece escasez crónica de munición de artillería convencional, sistemas de defensa antiaérea y capacidades de construcción naval. Las élites corporativas de defensa capturan los fondos públicos para el desarrollo de plataformas de armas hipercomplejas y prohibitivamente caras, diseñadas para maximizar los márgenes de beneficio trimestrales en lugar de asegurar la eficacia operativa sobre el terreno. El Estado imperial ha perdido la autonomía política necesaria para disciplinar a sus propios contratistas, operando como un rehén financiero de sus oligopolios de defensa.

Lo más significativo no es que las empresas tecnológicas hayan acumulado poder. Lo verdaderamente relevante es que comenzaron a disputar espacios que históricamente pertenecían al Estado. Controlan información, infraestructuras digitales, flujos de comunicación, capacidades de inteligencia artificial y enormes volúmenes de datos. Su influencia sobre la formulación de políticas públicas creció al mismo ritmo que su importancia económica.

Durante el segundo mandato de Donald Trump esta tendencia alcanzó una nueva etapa. La convergencia entre Silicon Valley, inteligencia artificial y complejo militar-industrial comenzó a producir una reconfiguración del mapa del poder estadounidense. Lo que está emergiendo no es una estrategia nacional de modernización tecnológica, sino una lucha feroz entre diferentes grupos empresariales para determinar quién controlará los recursos públicos asociados a esa transformación.

La inteligencia artificial se convirtió en el equivalente contemporáneo de lo que fueron los ferrocarriles en el siglo XIX o la industria aeronáutica en el siglo XX. Un sector capaz de atraer cantidades masivas de capital público y privado. Los programas federales de investigación, los contratos de defensa, los subsidios energéticos, la construcción de centros de datos y las inversiones vinculadas a la infraestructura digital movilizan cientos de miles de millones de dólares. Informes de 2025 estiman que las demandas de gasto de capital en «infraestructura digital» alcanzarán entre 15 y 20 billones de dólares en la próxima década. La disputa por esos recursos es, en esencia, una disputa por el control del Estado.

Cada actor justifica sus demandas en nombre de la seguridad nacional, la innovación o el interés público. Sin embargo, detrás de esos discursos aparece una realidad más simple. La competencia por subsidios, contratos y privilegios regulatorios. El resultado es paradójico. Cuanto más interviene el Estado para impulsar sectores estratégicos, más intensa se vuelve la lucha por capturarlo.

La cuestión no es si la inteligencia artificial transformará la economía. Probablemente lo haga. La cuestión es quién administrará esa transformación y bajo qué criterios. Hasta el momento, la evidencia sugiere que las decisiones responden menos a una planificación nacional coherente que a la capacidad de distintos grupos para influir sobre el aparato estatal.

Esta dinámica revela una diferencia fundamental entre una potencia administrada y una potencia capturada. En la primera, los subsidios y políticas industriales forman parte de una estrategia. En la segunda, se convierten en botines disputados por facciones rivales.

Las empresas contratistas prosperaron. Los accionistas prosperaron. Los lobbies prosperaron. Sin embargo, los problemas de sobrecostos, retrasos y duplicación de programas se multiplicaron. La lógica de maximización de beneficios privados comenzó a imponerse sobre la racionalidad administrativa.

Lo mismo puede observarse en otros sectores. Las farmacéuticas influyen sobre la regulación sanitaria. Los gigantes financieros condicionan políticas económicas. Las plataformas digitales moldean debates regulatorios. Los grupos energéticos presionan para obtener ventajas fiscales. Cada sector desarrolla mecanismos sofisticados de influencia política. Lo notable es que ninguno parece asumir responsabilidad sobre el funcionamiento general del sistema.

Aquí emerge el verdadero significado del “momento Suez” de las élites estadounidenses. La referencia histórica suele utilizarse para describir episodios que revelan una pérdida de poder internacional. Pero en este caso la analogía apunta en otra dirección. Suez representó el instante en que las élites británicas comprendieron que ya no podían administrar el orden global como lo habían hecho anteriormente. El problema contemporáneo de Estados Unidos es aún más inquietante: sus élites ni siquiera parecen capaces de administrar sus propias relaciones internas.

La polarización política es, en gran medida, una expresión de esta fractura. Demócratas y republicanos aparecen cada vez más como vehículos de coaliciones económicas enfrentadas. Cada cambio de administración implica una redistribución de recursos entre distintos grupos de interés. La continuidad estratégica desaparece. La planificación se vuelve extremadamente difícil. El Estado funciona crecientemente como un territorio en disputa.

El resultado es una forma peculiar de decadencia. No se trata de una caída abrupta. No implica colapso económico ni derrota militar. Consiste en la erosión gradual de la capacidad de coordinar recursos, intereses e instituciones. Las élites estadounidenses siguen siendo excepcionalmente eficaces para generar riqueza privada. Lo que parece haberse debilitado es su capacidad para actuar como una clase dirigente. Esa diferencia es fundamental. Una oligarquía puede enriquecerse extraordinariamente sin fortalecer el sistema que la sostiene. Una clase dirigente, en cambio, comprende que su supervivencia depende de la reproducción de ese sistema.

La nueva alianza entre Silicon Valley, la inteligencia artificial y el complejo militar-industrial no constituye necesariamente una solución a este problema. No representa el surgimiento de una nueva élite capaz de reorganizar el sistema. Representa la incorporación de nuevos actores a una competencia cada vez más intensa por controlar subsidios, regulaciones y recursos estatales.

Las implicaciones de un imperio cuyos administradores han perdido la coherencia estratégica se extienden en forma de ondas de choque a través de toda la arquitectura del sistema-mundo contemporáneo. El riesgo principal ya no es la sustitución pacífica de un centro hegemónico por otro, sino una prolongada fase de anarquía geopolítica y fragmentación institucional.

Como detalla el ensayo de la Texas National Security Review (TNSR), el impacto de la inoperancia estadounidense en sus alianzas es corrosivo. Países que han delegado históricamente su seguridad estratégica en el paraguas nuclear y militar de Washington se ven obligados a reconsiderar sus opciones de supervivencia. En Europa, la fractura interna de las élites ante la volatilidad de la administración Trump acelera una división interna entre facciones atlantistas tradicionales y aquellas que abogan por una «autonomía estratégica» acelerada de corte proteccionista.

Cuando esa capacidad desaparece, la hegemonía no se derrumba de un día para otro. Continúa funcionando gracias a la enorme inercia acumulada durante décadas. Pero comienza a perder algo mucho más importante que el poder, la capacidad de darle dirección.

Ese puede ser el verdadero momento Suez de las élites estadounidenses. No el instante en que descubren que otro actor es más fuerte. Sino el momento en que toman conciencia de que ya no saben gobernar el poder que poseen.

Colaborá con el Tábano Economista

 Si no estás en Argentina

Donaciones El Tábano Economista (PayPal)

https://paypal.me/tabanoeconomista?country.x=AR&locale.x=es_XC

Si estas en Argentina                                          

Ingresá al link para colaborar ($7.000)  https://mpago.la/2DxZ4vC

Ingresá al link para colaborar (10.000) https://mpago.la/34map8M

Ingresá al link para colaborar (13.000) https://mpago.la/34map8M

O una donación voluntaria al siguiente CBU del Banco Provincia de

Buenos Aires: (Alias: SANTA.BANANA.MURO)

#administradoras #AndurilIndustries #éliteDelPoder #élitesEstadounidenses #beneficios #BlackRock #bloqueFinanciero #CWrightMills #China #clasesDirigentes #complejoMilitarIndustrial #contratosYPrivilegios #corporacionesPrivadas #decisionesGubernamentales #Demócratas #dominantesExitosas #DonaldTrump #EEUU #elites #estabilidadPolítica #ferrocarrilesEnElSigloXIX #financiamientoDeCampañas #flujosDeComunicación #GeneralDynamics #globalizaciónNeoliberal #HeatherGautney #ID #IA #imperios #importanciaEconómica #infraestructuraDigital #infraestructurasDigitales #inteligenciaArtificial #LaNuevaéliteDelPoder #lobbies #LockheedMartin #macroeconómica #mecanismosDeCapturaRegulatoria #modeloDeNegocios #momentoSuez #monopolizarElDesarrollo #PalantirTechnologies #planificación #políticasPúblicas #Raytheon #Republicanos #RichardLachmann #SiliconValley #sistema #sistemasNoTripulados #SpaceX #Subsidios #TexasNationalSecurityReviewTNSR #WallStreet

google news | McCarthy Building Cos. Taps Palantir To Streamline Jobsite Operations

AI generated summary, Read the full article for complete information.

McCarthy Building Companies, one of the 20 largest general contractors in the U.S., has partnered with Palantir Technologies to launch an AI Operations Suite‑Pulse that gives superintendents and field teams real‑time insights, scenario planning and risk analysis, aimed at streamlining project cost estimating, contracts, bidding, logistics, equipment planning and overall workflows; Chief Digital Officer Justin McFarland praised Palantir’s engineering talent and strategic leadership for accelerating scalable solutions, a move that follows recent Palantir collaborations with Google Cloud Marketplace, Kirkland & Ellis and Mexico’s GNP Seguros, while other AI firms such as Anthropic and OpenAI are expanding into real‑estate and finance—though a Bain & Co. survey cited by Bloomberg shows most large companies have seen modest AI‑driven cost reductions, with only a small share achieving savings over 30%, yet firms continue to invest further in AI enhancements.

Read more: https://www.bisnow.com/national/news/ai/mccarthy-building-cos-taps-palantir-to-streamline-job-site-workflows-134870

#McCarthyBuilding #PalantirTechnologies #JustinMcFarland #GoogleCloud #KirklandEllis

McCarthy Building Cos. Taps Palantir To Streamline Jobsite Operations

McCarthy plans to use the AI giant's technology to streamline project cost estimating, contracts, bidding, logistics and equipment planning.

Bisnow

qwant news | Palantir attacks London mayor over cancelled policing technology deal

AI generated summary, Read the full article for complete information.

Palantir Technologies has condemned London Mayor Sadiq Khan for halting a £50 million contract that would have expanded the Metropolitan Police’s use of the firm’s AI‑driven software for analysing criminal intelligence, warning that the decision “politicises procurement” and could compromise public safety. The mayor’s office blocked the deal after finding a “clear and serious breach” of procurement rules, arguing the tender process unfairly favoured Palantir and denied rival firms a genuine chance to compete. Palantir’s UK head Louis Mosley’s remarks linking the move to concerns about police‑officer misconduct drew sharp rebuke from Labour MP Stella Creasy, while the controversy revived scrutiny of Palantir’s wider work with the Israeli military, U.S. immigration‑enforcement programmes, the NHS and the Ministry of Defence. The Metropolitan Police expressed disappointment, saying the lack of new technology hampers modernisation amid financial strain, even as earlier, smaller Palantir projects drew “big‑brother” criticism from police unions. Government figures split on the issue: Business Secretary Peter Kyle praised Palantir’s unique capabilities, whereas MPs such as Rosena Allin‑Khan and Clive Lewis backed the mayor, insisting that public trust and city values must outweigh corporate interests.

Read more: https://www.computing.co.uk/news/2026/palantir-attacks-london-mayor-cancelled-contract

#PalantirTechnologies #SadiqKhan #LouisMosley #StellaCreasy #MetropolitanPolice #PeterKyle #RosenaAllinKhan #CliveLewis

Palantir attacks London mayor over cancelled policing technology deal

Palantir’s Louis Mosley has hit back after City Hall blocked a £50m contract.

Al Jazeera – Breaking News, World News and Video from Al Jazeera | ‘Potential security risk’: Unpacking the UK’s trust issues with Palantir

AI generated summary, Read the full article for complete information.

The article examines growing UK concerns over Palantir Technologies’ handling of NHS patient data after a £400 million contract established during the COVID‑19 pandemic. Critics argue that the firm’s defence‑originated platforms—Gotham for intelligence and Foundry for civilian use—share the same architecture, raising governance and security questions, especially after Palantir’s recent 22‑point manifesto promoting universal military service and AI weapons. Reports that NHS England allowed Palantir employees “unlimited” access to patient records, coupled with the company’s militaristic rhetoric, have intensified doubts about whether the firm can remain a trustworthy data processor. While Palantir maintains it only processes data under NHS instruction and undergoes audits, experts warn that the complexity of its systems and lack of public scrutiny—particularly around data pseudonymisation methods—leave a “potential security risk” unaddressed. The piece also highlights fears that Palantir could aggregate data across multiple UK government departments, despite the company’s claims of strict separation, and suggests that the NHS may eventually need alternatives to ensure secure, ethical handling of health information.

Read more: https://www.aljazeera.com/news/2026/5/12/palantir?traffic_source=rss

#NHSEngland #UKgovernment #EerkeBoiten #PalantirTechnologies

‘Potential security risk’: Unpacking the UK’s trust issues with Palantir

Analysts say it is challenging to track whether Palantir is sticking to the terms of its NHS contract.

Al Jazeera

New Statesman | We can’t trust Palantir with our NHS data by Faiza Shaheen

AI generated summary, Read the full article for complete information.

Faiza Shaheen argues that entrusting Palantir Technologies with NHS data is dangerous because the US‑based firm has deep links to controversial agencies such as Israel’s defence sector, America’s Immigration and Customs Enforcement, and the UK Ministry of Defence, and it has been accused of building predictive‑policing tools that embed racial bias. She highlights Palantir’s strategic partnership with Israel in 2024, its role in deportation tracking, and its founder Peter Thiel’s anti‑democratic statements, questioning how a company with such political entanglements can safeguard Britain’s most sensitive health information. Shaheen also points out the firm’s profit‑driven model—£1.6 billion earned from NHS contracts worth £12 billion—its tax‑avoidance practices, and its broader contracts with other public bodies, contending that more trustworthy, domestically accountable companies should manage NHS data instead of a right‑wing, profit‑focused tech giant.

Read more: https://www.newstatesman.com/comment/2026/04/we-cant-trust-palantir-with-our-nhs-data

#NHS #PeterThiel #PalantirTechnologies #health #politics #LouisMosley

AI generated summary, Read the full article for complete information.

We can’t trust Palantir with our NHS data

When I arrived at the BBC Politics Live studio Monday morning, I was not expecting a face-to-face confrontation with Louis Mosley, the executive vice-chair and head of Palantir Technologies UK. I knew

New Statesman

yahoo news | Cathie Wood buys $11 million of tumbling megacap tech stock

Cathie Wood, the founder of Ark Investment Management, continued her pattern of buying technology stocks when they dip, purchasing roughly 85,500 shares of Palantir Technologies—about $11 million at the latest close—despite the company’s shares being down nearly 30 % year‑to‑date. Wood’s flagship Ark Innovation ETF (ARKK) has seen volatile performance, soaring 35.5 % in 2023 but falling about 11 % YTD as of April 10, while the broader S&P 500 slipped slightly. Her reputation rests on the 153 % return the fund posted in 2020, contrasted with steep losses in bearish cycles such as the 60 % tumble in 2022, leaving the fund with a five‑year annualized return of –10.7 % versus 12.2 % for the S&P 500.

Wood argues that the global economy is heading toward a “great acceleration” driven by AI, robotics, blockchain, energy storage and other breakthrough technologies, which she believes could lift real GDP growth to 7‑8 % and be deflationary as AI training and inference costs plunge. In a January letter she dismissed talk of an AI bubble, insisting that a massive capital‑spending cycle is imminent. Nevertheless, ARKK has faced outflows of about $1.34 billion over the past year, with investors pulling $225 million in the last month alone.

Palantir, a data‑analytics and AI software provider serving both commercial clients and the U.S. military, posted strong Q4 earnings—adjusted EPS of $0.25 and 70 % revenue growth to $1.41 billion—yet its valuation remains a point of contention. While Wood has been trimming the stock over several quarters, this fresh $11 million purchase signals renewed confidence after a steep pullback; she has also added positions in Tesla, Robinhood and Kodiak AI while selling AMD. The move underscores Wood’s long‑term belief that Palantir will dominate a crucial portion of the AI tech stack despite its high price.

Read more: https://finance.yahoo.com/markets/stocks/articles/cathie-wood-buys-11-million-191300827.html?fr=sycsrp_catchall

#cathiewood #arkinvestment #palantirtechnologies #arkk

Cathie Wood buys $11 million of tumbling megacap tech stock

Cathie Wood, head of Ark Investment Management, frequently adjusts her tech positions. She buys more when stock prices fall and trims when they rally...

Yahoo Finance

La logística bajo fuego y el fin de la inmunidad de la nube


Por; Lic. Alejandro Marcó del Pont

El estrecho que partió al mundo en dos mitades: una de hormigón, otra de silicio (El Tábano Economista)

Hubo un tiempo, no hace tanto, en que los estrategas militares y los analistas de riesgos se ganaban la vida diseñando escenarios de catástrofe con una probabilidad inferior al quince por ciento. La Reserva Federal de Dallas, por ejemplo, tenía sus propios modelos. Un bloqueo sostenido del Estrecho de Ormuz era una rareza estadística, una hipótesis para académicos aburridos y aseguradoras paranoicas. Llegó marzo de 2026 y la rareza se hizo carne, misil y dron. El mundo despertó a una evidencia que debería haber sido obvia desde los años ochenta. El principal pasillo energético del planeta es un cuello de botella ridículamente vulnerable y nadie, ni el Consejo de Cooperación del Golfo, ni la Quinta Flota, ni los megaproyectos de inteligencia artificial estaban realmente preparado para lo que significaba cerrarlo.

La primera semana del bloqueo ya había desmentido casi todas las certezas que los estados del Golfo habían comprado con 500.000 millones de dólares en gasto militar durante la última década. Porque resulta que Irán no leyó los manuales. La primera y más cara de las suposiciones erróneas de EE.UU. fue que la amenaza iraní vendría empaquetada en misiles balísticos, esos artefactos elegantes que justifican sistemas antimisiles de decenas de millones de dólares cada uno. Teherán optó por la humildad tecnológica, el setenta y cinco por ciento de sus ataques se ejecutaron con drones.

No hay nada más democrático que un dron kamikaze fabricado con piezas comerciales y una paciencia infinita. La segunda suposición —que Irán no podría sostener una campaña prolongada de lanzamientos— se desvaneció cuando los ataques se repitieron día tras día, semana tras semana, como un reloj suizo fabricado en la república islámica. La tercera suposición, esa joya de la arrogancia analítica, sostenía que el estrecho de Ormuz era una vulnerabilidad teórica, no operativa. La cuarta, tal vez la más ingenua de todas, era que Irán respetaría un código de guerra no escrito: dejar fuera a la infraestructura civil, sobre todo a aquella que sostiene la vida digital del enemigo. Esa suposición murió el primero de marzo, cuando los drones iraníes hicieron blanco en tres centros de datos de Amazon Web Services.

Pero antes de llegar a ese funeral tecnológico, conviene detenerse en la quinta y más delirante de las premisas sobre las que se construyó la defensa del Golfo. La idea de que los seis estados del Consejo de Cooperación lucharían como una coalición integrada. Estados Unidos dedicó más de una década a vender ese espejismo. La visión era hermosa, una única imagen de radar compartida, soluciones de fuego coordinadas, transferencia de información fluida entre los sectores nacionales de defensa aérea. Para 2024, las sesiones informativas del Pentágono describían la postura del Golfo como “integrada e interoperable”.

Una mentira tan cómoda que nadie quiso comprobarla hasta que los drones empezaron a silbar sobre las refinerías. Cuando la guerra comenzó, cada Estado del Consejo de Cooperación (CCG) libraba su propia batalla, con sus propios sistemas, su propia imagen de radar y sus propias reglas de enfrentamiento. Las baterías Patriot de Arabia Saudita no compartían datos en tiempo real con el sistema THAAD de los Emiratos Árabes Unidos. El sector de defensa aérea de Catar operaba independientemente del de Baréin, aunque ambos países están separados por una carretera de veinticinco kilómetros. Las antiguas baterías Patriot PAC-2 de Kuwait no eran compatibles con los sistemas PAC-3 operados por sus vecinos. Quinientos mil millones de dólares en armamento para terminar descubriendo que lo que fallaba no era el calibre de los cañones, sino la voluntad de compartir el mando.

El bloqueo, mientras tanto, dejó al descubierto otra fragilidad menos cinematográfica pero igualmente devastadora, la logística. Los Estados del Golfo habían construido rascacielos, aeropuertos de ensueño, islas artificiales con forma de palmeras, pero descuidaron lo aburrido, lo verdaderamente importante, los corredores terrestres de bypass, la conectividad ferroviaria, las aduanas integradas. Kuwait, Catar y Baréin quedaron prácticamente privados de su capacidad para exportar petróleo, gas, fertilizantes y todo aquello que no fuera resentimiento. Los Emiratos Árabes Unidos intentaron salvarse con el puerto de Fujaira y su oleoducto de bypass, pero esas instalaciones también fueron alcanzadas.

Arabia Saudita y Omán, por su geografía más afortunada, se convirtieron en los pilares de una respuesta logística improvisada que ha terminado por parecerse, contra todo pronóstico, a una revolución. Porque la adversidad, cuando aprieta lo suficiente, logra lo que la política nunca pudo. El Corredor Verde entre Omán y los Emiratos, el Puente Comercial Sharjah-Dammam, así como las nuevas líneas marítimas con Compagnie Maritime d’Affrètement (CMA) Compagnie Générale Maritime (CGM) y Maersk (empresa danesa de contenedores), todo esto se ha puesto en marcha en cuestión de semanas, no de años. La lección es incómoda, pero clara. El Golfo siempre pudo tener una logística seria; simplemente no le interesó hasta que el petróleo dejó de salir.

Mientras los Estados árabes redibujaban sus mapas de transporte, al otro lado del mundo, en Asia Oriental, el bloqueo golpeaba con una violencia silenciosa pero quirúrgica. Allí reside la verdadera dependencia. Aproximadamente el 83% del petróleo y el gas natural licuado que cruza Ormuz tiene como destino final las economías de China, Japón, Corea del Sur y el sudeste asiático. La región importa en conjunto cerca del 60% de su petróleo de Oriente Medio, una dependencia que se distribuye de manera cruelmente asimétrica.

Japón importa casi el 95% de su crudo de la región; Corea del Sur, cerca del 70%. En cuanto al gas, Catar y los Emiratos proporcionan el 14% del suministro surcoreano y el 6% del japonés. China, el gran pulpo energético, importa un porcentaje menor —entre el cuarenta y el cincuenta por ciento— pero es el mayor importador absoluto del mundo, y aproximadamente un tercio de ese crudo pasa por el mismo cuello de botella. No hace falta ser economista para entender el problema. Cuando un solo pasillo marítimo alimenta a las tres fábricas más grandes del planeta, cualquier interrupción se convierte en un terremoto global.

Las consecuencias inmediatas han sido predecibles y brutales. Japón y Corea del Sur han comenzado a drenar sus reservas estratégicas de petróleo a un ritmo que los manuales consideraban de emergencia nuclear. La agencia de calificación Fitch ha advertido que un conflicto prolongado de tres meses podría elevar el precio del crudo a una media de cien dólares por barril en 2026, ejerciendo una presión a la baja sobre las calificaciones soberanas de toda la región. Pero más allá de los números, lo que está ocurriendo en Asia Oriental es una reconfiguración silenciosa de las alianzas y las estrategias económicas.

Los gobiernos de Tokio, Seúl y Pekín han entendido que la confianza en el Golfo es un lujo que ya no pueden permitirse. Por eso están diversificando proveedores con una urgencia que roza el pánico. Rusia, ese paria energético al que nadie quería mirar, ha vuelto a la mesa como proveedor de emergencia para llenarse los bolsillos por simple utilidad. También se está acelerando el retorno al carbón, ese combustible sucio que habían prometido enterrar, y al mismo tiempo multiplicando las inversiones en renovables con una lógica que la crisis climática no había logrado imponer. La seguridad, no la ecología, es ahora el motor de la transición energética. La consultora Oxford Economics lo ha resumido con una frase que debería helar la sangre en los palacios de Riad y Abu Dabi. “La expansión de las renovables ofrece una vía hacia una fuente de energía segura, sostenible y menos expuesta a shocks geopolíticos”. Traducción: Asia Oriental está aprendiendo a vivir sin el Golfo.

Y en medio de todo este caos logístico y energético, ocurrió algo que los estrategas de los think tanks no habían incluido en ningún escenario. El primero de marzo de 2026, Irán atacó con drones tres centros de datos de Amazon Web Services, dos en los Emiratos Árabes Unidos y uno en Baréin. Fue la primera vez en la historia que la infraestructura de un gran proveedor de servicios en la nube sufrió un ataque militar directo. Las consecuencias fueron inmediatas y grotescas. Las interrupciones generalizadas en iCloud, aplicaciones bancarias que dejaron de funcionar, plataformas de comercio electrónico que se vinieron abajo como castillos de naipes. La nube, ese espacio etéreo que la publicidad tecnológica nos había vendido como inmune a las miserias del mundo físico, resultó estar hecha de hormigón, fibra óptica y servidores perfectamente localizables y vulnerables.

La justificación de Irán para estos ataques es, en el fondo, la más honesta que ha dado un actor estatal en mucho tiempo. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica sostiene que las grandes tecnológicas son parte integral de la maquinaria de guerra estadounidense e israelí. No están mintiendo. Han incluido explícitamente a Google, Microsoft, Apple, Intel, NVIDIA, Palantir y otras en su lista de objetivos, acusándolas de proporcionar servicios en la nube, análisis de datos con inteligencia artificial y software para las operaciones militares de sus adversarios.

Y tienen razón, al menos en un sentido técnico, porque los sistemas de recomendación de objetivos que utilizan las fuerzas israelíes y estadounidenses, esos algoritmos que procesan señales de celulares, redes sociales y movimientos detectados por drones para generar listas de objetivos humanos con mínima intervención manual, no corren en computadoras locales. Requieren la potencia de cálculo de grandes centros de datos. Y esos centros de datos, como se ha demostrado, son tan civiles y tan neutrales como un portaviones.

La novedad aquí no es la inteligencia artificial en la guerra; eso ya existía. La novedad es que la infraestructura que la hace posible ha dejado de ser territorio neutral. Durante años, las grandes tecnológicas operaron bajo un pacto tácito. Sus servidores eran como las aguas internacionales, un espacio aparte donde los conflictos no entraban. Ese pacto se rompió el primero de marzo, y no hay manera de volver a soldarlo. La analista Jessie Moritz, de la Universidad Nacional Australiana, lo ha expresado con claridad: “Ningún país quiere poner sus centros de datos en un entorno inestable”. Y los ataques han demostrado que la región del Golfo ya no es un entorno estable.

No lo era antes, por supuesto, pero la ficción de estabilidad era lo suficientemente cómoda para que empresas como Amazon, Google y Microsoft invirtieran miles de millones en megaproyectos como el centro de datos ‘Stargate’ de Abu Dabi, respaldado por OpenAI, NVIDIA y Oracle. Ahora esos proyectos están bajo revisión, y las aseguradoras están añadiendo cláusulas de riesgo de guerra que duplican las primas.

Los países del Golfo, por su parte, han entendido el mensaje más rápido de lo que sus burocracias suelen permitir. Su estrategia de “nubes soberanas” —centros de datos propiedad estatal, operados bajo jurisdicción nacional, con redundancias físicas y criptográficas diseñadas para resistir tanto ataques cinéticos como cibernéticos— ha pasado de ser una ocurrencia de mercadotecnia a una prioridad estratégica. Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos están acelerando la construcción de sus propias infraestructuras de nube, no tanto por soberanía digital como por simple supervivencia física. Porque han comprendido que los datos son el nuevo petróleo, pero también que el petróleo, cuando arde, quema todo lo que encuentra a su alrededor.

El bloqueo de Ormuz, en definitiva, ha sido un catalizador de un cambio de época que ya estaba gestándose pero que necesitaba una chispa. Los Estados del Golfo están construyendo a toda prisa la arquitectura logística que siempre debieron tener, demostrando que la adversidad puede forzar una integración y una modernización que la política y la desconfianza mutua habían hecho imposibles. Pero su incapacidad para defender esos centros logísticos por sí solos subraya una verdad incómoda: siguen dependiendo de un paraguas de seguridad externo que se está viendo superado y cuestionado desde todos los frentes.

Para Asia Oriental, la crisis es un crudo recordatorio de que la globalización basada en pasillos marítimos vulnerables tiene fecha de caducidad. Su respuesta —diversificación, carbón, renovables, reconfiguración de alianzas— no es una reacción de pánico, sino el esbozo de un nuevo orden energético que dejará al Golfo más pobre y más solo.

Y para el resto del mundo, el ataque a los centros de datos de AWS es el verdadero parteaguas. La guerra de la inteligencia artificial ha comenzado, y sus efectos ya son tangibles no en laboratorios ni en simulaciones, sino en apagones de iCloud y colapsos bancarios. La infraestructura digital, ese bien civil que creíamos separado de los conflictos, es ahora un objetivo de primer orden. Las grandes tecnológicas se enfrentan a una nueva realidad geopolítica en la que su neutralidad ha quedado en entredicho, sus activos físicos están en el punto de mira y su modelo de negocio —basado en la ubicuidad y la confianza— se tambalea. El siglo XXI prometía ser el siglo de la información. Ha resultado ser, también, el siglo de los pasillos estrechos, los drones suicidas y los centros de datos en llamas. Bienvenidos.

Colaborá con el Tábano Economista

 Si no estás en Argentina

Donaciones El Tábano Economista (PayPal)

https://paypal.me/tabanoeconomista?country.x=AR&locale.x=es_XC

Si estas en Argentina                                          

Ingresá al link para colaborar ($7.000)  https://mpago.la/2DxZ4vC

Ingresá al link para colaborar (10.000) https://mpago.la/34map8M

Ingresá al link para colaborar (13.000) https://mpago.la/34map8M

O una donación voluntaria al siguiente CBU del Banco Provincia de

Buenos Aires: (Alias: SANTA.BANANA.MURO)

#AbuDabi #AmazonWebServices #Apple #AsiaOriental #Catar #centroDeDatosStargate #China #cibernético #CompagnieGénéraleMaritimeCGM #CompagnieMaritimeDAffrètementCMA #ConsejoDeCooperaciónDelGolfo #CoreaDelSur #drones #EEUU #ElCorredorVerdeEntreOmán #EmiratosÁrabesUnidos #EstadosDelGolfo #Fujaira #Gas #Golfo #GoogleAlphabet #Japón #JessieMoritz #kamikaze #Kuwait #Maersk #Microsof #misiles #Nvidia #Omán #Oracle #Ormuz #OxfordEconomics #PAC3 #PalantirTechnologies #Patriot #PBI #Pekín #Pentágono #PuenteComercialSharjahDammam #QuintaFlota #ReservaFederalDeDallas #Rusia #seguridad #Seul #silicio #Teheran #THAAD #Tokio #UniversidadNacionalAustraliana

yahoo news | I've Changed My Mind on Palantir Stock. The Great Repricing Makes It a Buy.

I've avoided Palantir Technologies (NASDAQ: PLTR) for a long time because the stock’s sky‑high multiples—40 to 80 times revenue—made it seem fully priced for any upside. That view shifted when I stopped fixating on the valuation and started watching how the company actually works with its customers. Palantir’s Artificial Intelligence Platform (AIP) is sold not through traditional sales decks but via intensive “boot camps,” multiday workshops where a client’s own employees build live AI workflows on Palantir’s platform using real data. These boot camps compress months of evaluation into days, start with small, limited‑license contracts, and allow rapid expansion as customers see value. Recent examples include the U.S. Navy improving ship‑building risk management, Tampa General Hospital deploying a real‑time care‑progression navigator, Freedom Mortgage streamlining loan processes, and Centrus Energy applying AI to a massive uranium‑enrichment expansion.

The financial impact of this model is dramatic. U.S. commercial revenue grew 109 % in 2025 to $1.5 billion and exploded 137 % in the fourth quarter alone. For 2026 Palantir guides to more than $3.1 billion, implying at least 115 % growth—rates unheard of in mature software markets. A key driver is the AIP “forward‑deployed engineer,” an AI agent that can complete SAP ERP migrations from ECC to S/4HANA in two weeks, a task that once took years and tens of millions of dollars. Equally important is Palantir’s data‑control architecture, which lets clients keep data in private clouds or on‑premises—an increasingly valuable moat as AI regulation tightens worldwide.

Even after the “great repricing,” Palantir still trades at roughly 45 times forward‑2026 sales and 73 times trailing sales, numbers that look steep by traditional standards. The new framing is that the company is growing into that valuation faster than skeptics expect: 2026 revenue guidance of $7.1–$7.2 billion (about 61 % growth) and a Rule‑of‑40 score exceeding 118 % suggest a business that now combines high‑growth SaaS dynamics with a defensible data‑privacy moat. Thus, the stock is not “cheap,” but the fundamentals have changed enough that the market is beginning to price in the upside rather than discount it. For investors, the question becomes whether they are willing to pay a premium for a rapidly scaling AI platform that is reshaping decision‑making in non‑tech sectors.

Read more: https://finance.yahoo.com/markets/stocks/articles/ive-changed-mind-palantir-stock-193500694.html?fr=sycsrp_catchall

#palantir #palantirtechnologies #nasdaq #sap

I've Changed My Mind on Palantir Stock. The Great Repricing Makes It a Buy.

Palantir is winning by turning AI demos into real workflows fast.

Yahoo Finance