El Golfo después de Ormuz


Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont

La guerra no crea desde cero la reorientación del capital del Golfo, la acelera (El Tábano Economista)

La guerra de EE.UU./ Israel con Irán no solo alteró el equilibrio militar de Medio Oriente. También abrió una crisis más profunda, la del modelo de poder sobre el que los países del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) construyeron su ascenso durante las últimas décadas. Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Kuwait, Bahréin y Omán habían logrado combinar tres activos decisivos: seguridad provista en gran medida por EE.UU., centralidad logística en los flujos de energía (exportaciones y corredores para distribuirlas) y una extraordinaria capacidad de inversión global a través de sus fondos soberanos. Esta guerra a puesto en jaque las tres cosas al mismo tiempo.

El debate público suele concentrarse en lo más visible: misiles, drones, refinerías golpeadas, el cierre del Estrecho de Ormuz y la escalada entre Washington y Teherán. Pero el verdadero cambio geopolítico es más estructural. La reconfiguración del CCG depende hoy de su capacidad para resolver tres vulnerabilidades simultáneas: la ausencia de una defensa regional realmente integrada; la construcción de corredores alternativos a los grandes cuellos de botella marítimos, con la incógnita estratégica de si China será incluida en su diseño, y la preservación de su potencia financiera externa, en particular los flujos de sus fondos soberanos hacia Estados Unidos, en un contexto de guerra, caída de ingresos y necesidad de reorientar capital hacia prioridades domésticas.

La guerra acelera esa discusión porque golpea a la vez la seguridad, la energía, el turismo, la logística y la capacidad del Golfo para seguir exportando capital. Rebecca Patterson lo formuló con agudeza en un artículo reciente para el Council on Foreign Relations: “existe un riesgo mucho menos atendido para Estados Unidos que el precio del petróleo o la interrupción de materias primas críticas. Ese riesgo es la reducción del suministro de dólares procedentes del Golfo, especialmente hacia empresas tecnológicas estadounidenses necesitadas de financiamiento, proyectos de inteligencia artificial y sus intermediarios financieros”. No es un detalle marginal. Es uno de los nervios menos discutidos del nuevo equilibrio regional.

El primer problema del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) es militar, aunque en realidad sea político. Los seis países del Golfo llevan años hablando de coordinación defensiva, de interoperabilidad, de sistemas de alerta temprana y de una arquitectura común frente a misiles y drones. Existen acuerdos, ejercicios conjuntos, grupos de trabajo y hasta una retórica recurrente de “seguridad indivisible”. Sin embargo, la guerra demostró que esa integración era más formal que efectiva.

La principal barrera no es tecnológica. Es política. Los Estados del Golfo no comparten una misma lectura estratégica del mundo. Emiratos y Bahréin profundizaron vínculos con Israel; Qatar conserva una asociación estrecha con Turquía; Omán protege su rol de mediador y mantiene canales con Irán; Arabia Saudita alterna entre la contención, la negociación y la búsqueda de autonomía. Son países aliados en el papel, pero no idénticos en sus prioridades, ni en sus amenazas percibidas, ni en sus márgenes de maniobra.

Durante años, Washington ayudó a administrar esa fragmentación sin resolverla. Vendió sistemas antimisiles, radares, aviones y baterías de defensa a sus socios del Golfo. Impulsó ejercicios conjuntos. Promovió la interoperabilidad entre las fuerzas locales y el dispositivo militar estadounidense. En mayo de 2024, luego del ataque iraní contra Israel, un funcionario del Pentágono presentó ese episodio como una prueba del valor de la defensa aérea y antimisiles integrada, y sostuvo que había dado nueva urgencia a la cooperación regional.

El problema es que interoperabilidad con Estados Unidos no equivale a integración defensiva entre los países del CCG. Washington construyó una arquitectura de vínculos bilaterales —cada monarquía conectada a la potencia protectora— más que una verdadera defensa colectiva intra-Golfo. Ese modelo fue rentable para la industria militar estadounidense y funcional para preservar la centralidad de Washington como proveedor indispensable. Pero dejó pendiente lo esencial: que los propios países del CCG puedan compartir información, asignar recursos, coordinar respuestas y protegerse como bloque, no solo como clientes de un paraguas externo.

La guerra con Irán exhibió el costo de esa diferencia. Los ataques no distinguieron demasiado entre los grados de alineamiento de cada capital. Los puertos, las instalaciones energéticas, los aeropuertos y las infraestructuras críticas del Golfo se convirtieron en parte del teatro de operaciones. Reuters recogió la inquietud de fuentes regionales que expresaban una paradoja brutal: Estados Unidos encendió la guerra, pero los países árabes del Golfo son quienes absorben una parte sustantiva del daño económico y estratégico.

La pregunta, entonces, ya no es si el CCG necesita más defensa. Eso es evidente. La pregunta es qué tipo de defensa quiere construir. Si la respuesta es comprar más sistemas nacionales, el resultado será una versión más cara de la vulnerabilidad actual. Si la respuesta es una verdadera arquitectura regional —alerta temprana compartida, defensa aérea coordinada, mando conjunto y producción local de ciertos insumos críticos—, entonces el CCG podría transformar la crisis en una oportunidad de autonomía estratégica.

Pero esa alternativa exige algo que hasta ahora no ha ocurrido: que las monarquías del Golfo acepten que la soberanía no se preserva aislándose, sino integrando capacidades. Ese es el primer dilema de la reconfiguración regional.

El segundo eje es logístico y geoeconómico. El cierre del Estrecho de Ormuz no fue simplemente una disrupción del comercio energético. Fue la demostración de que el principal cuello de botella del Golfo puede ser convertido en instrumento de coerción estratégica.

Antes de la guerra, Ormuz era una amenaza permanente pero muchas veces tratada como improbable en sus consecuencias extremas. Incluso cuando se admitía el riesgo, buena parte del análisis económico occidental lo colocaba en la categoría de escenario de tensión parcial, no de interrupción masiva y sostenida. La dimensión del golpe explica por qué Ormuz dejó de ser un simple paso marítimo. En 2025, cerca de 15 millones de barriles diarios de crudo atravesaron el estrecho, aproximadamente un tercio del comercio mundial de petróleo. Además, una porción decisiva del GNL global depende de esa ruta, en particular el gas de Qatar.

La crisis mostró que existen vías de alivio, pero no soluciones completas. Arabia Saudita pudo aumentar los despachos por el oleoducto este-oeste hacia Yanbu, en el Mar Rojo. Emiratos utilizó la ruta Habshan-Fujairah para sacar parte de su crudo evitando el estrecho. Estas infraestructuras permitieron mitigar la pérdida de exportaciones y elevar el tráfico de buques tanque en puertos sauditas del Mar Rojo de manera marginal.

Pero conviene no exagerar su alcance. Los bypass energéticos no cubren a todos por igual. Kuwait, Qatar e Irak tienen restricciones mucho mayores. Las alternativas sirven sobre todo para petróleo, no necesariamente para gas natural licuado. Y ninguna tubería resuelve por sí sola la vulnerabilidad de importaciones esenciales, cadenas alimentarias, bienes industriales, fertilizantes o flujos comerciales generales. Por eso el corredor deja de ser “infraestructura” y pasa a ser estrategia nacional y regional.

La nueva pregunta del Golfo es cómo construir rutas que permitan sobrevivir a un Ormuz intermitente, condicionado o políticamente disputado. Esa discusión incluye oleoductos, puertos, ferrocarriles, depósitos estratégicos, redes digitales, cables submarinos y plataformas logísticas. El CCG ya había aprobado avances en la conexión ferroviaria regional, pero la guerra le da un significado distinto, ya no se trata únicamente de diversificar comercio, sino de reducir vulnerabilidades existenciales.

Sin embargo, el verdadero debate no es técnico. Es político: ¿puede el CCG diseñar corredores alternativos sin China? La respuesta realista es que probablemente no quiera hacerlo. China no es un actor externo menor para el Golfo. Es comprador clave de energía, socio comercial fundamental y proveedor de financiamiento e infraestructura. En mayo de 2025, la declaración conjunta ASEAN–China–CCG incluyó de manera explícita la promoción de cooperación de alta calidad bajo la Ruta de la Seda y el desarrollo de corredores logísticos y plataformas digitales.

Ese dato altera todo el cuadro. Si el corredor del Medio Oriente-India-Europa (IMEC) fue pensado en Washington/Israel como parte de una geoeconomía que contuviera el avance de la Ruta de la Seda china, los países del Golfo parecen menos interesados en elegir entre una arquitectura u otra que en superponerlas. Quieren corredores occidentales, sí, pero también desean conservar acceso a capital, demanda e infraestructura china. Esa ambivalencia enfurece a Estados Unidos porque reduce el valor estratégico de sus proyectos de conectividad: un corredor que debía anclar al Golfo a Occidente puede convertirse, en manos del CCG, en una plataforma de multipolaridad.

Si China participa de manera decisiva en el diseño de los corredores del Golfo, Estados Unidos pierde exclusividad. Si queda afuera, el CCG reduce su margen de maniobra frente a su principal socio comercial asiático. Ninguna de las dos opciones es neutra. La guerra con Irán vuelve más urgente esa decisión porque demuestra que la infraestructura es, en realidad, política condensada. Ormuz no era simplemente un estrecho. Era una promesa de continuidad. Esa promesa se rompió.

El tercer eje es el más subestimado y, quizá, el más importante para Estados Unidos. Durante décadas se habló del “reciclaje de petrodólares”. Los países exportadores de energía acumulaban excedentes y una parte sustantiva regresaba a los mercados occidentales en forma de depósitos, bonos, acciones e inversiones de cartera. Esa lógica no desapareció, pero cambió radicalmente de escala y sofisticación.

Los fondos soberanos del Golfo se transformaron en instrumentos de política industrial, diplomacia económica y poder estratégico. Según estimaciones citadas por CFR, la región administra entre 4 y 7 billones de dólares en activos soberanos. EE.UU. captó 132.000 millones de dólares en 2025, el 48% del total, impulsado en gran medida por inversiones en infraestructura digital, centros de datos y empresas de inteligencia artificial. Este dato es central: el capital del Golfo ya no es solo un colchón financiero para las monarquías. Es parte del metabolismo del capitalismo estadounidense, especialmente de sus sectores más ambiciosos y costosos.

Si la guerra persiste, los países del CCG necesitarán más recursos para defensa, reparación de infraestructura, estabilización fiscal y sostenimiento interno. Eso puede reducir o postergar la colocación de capital en el exterior. Reuters informó en marzo que tres Estados del Golfo comenzaron a revisar cómo desplegar sus fondos soberanos, incluyendo posibles reversiones de compromisos, desinversiones y revaluación de patrocinios globales.

No estamos ante un viraje improvisado. La retracción internacional ya había comenzado antes de la guerra. En abril de 2026, el gobernador del Public Investment Fund saudí afirmó que el fondo buscará destinar el 80% de sus inversiones a la economía local y reducir la proporción internacional al 20%, desde picos cercanos al 30%. El giro responde tanto a la presión de los déficits y la menor renta petrolera como a la urgencia renovada que impone la guerra. Dicho de otra manera: la guerra no crea desde cero la reorientación del capital del Golfo; la acelera.

Por eso la relación Washington–CCG atraviesa una contradicción profunda. Estados Unidos quiere que los países del Golfo sigan siendo socios estratégicos, compren armamento estadounidense, financien sectores prioritarios de su economía y respalden corredores favorables a Occidente. Pero la misma guerra que Washington ayudó a desencadenar erosiona la capacidad del Golfo para cumplir todos esos roles a la vez. Si el conflicto se prolonga, el CCG tendrá que priorizar. Y es razonable suponer que priorizará su estabilidad doméstica antes que la comodidad financiera de Silicon Valley.

La gran enseñanza de esta guerra es que el Golfo ya no puede ser entendido como una región pasiva, rica y dependiente, cuya función es exportar energía, comprar armas y reciclar excedentes. Está emergiendo como un actor que debe administrar simultáneamente seguridad, conectividad y capital.

Si el CCG consigue construir una defensa regional efectiva, reducirá su dependencia del paraguas estadounidense. Si logra desarrollar corredores alternativos con suficiente autonomía, limitará el poder de coerción de Ormuz y ganará margen frente a Irán. Si preserva sus fondos soberanos sin quedar atrapado entre la guerra y las urgencias domésticas, mantendrá su influencia global. Pero si fracasa en alguno de esos frentes, su posición se debilitará.

Estados Unidos también enfrenta una decisión. Puede seguir tratando al Golfo como una extensión de su arquitectura de seguridad, asumiendo que las monarquías absorberán los costos de una estrategia regional diseñada en Washington. O puede aceptar que el CCG está entrando en una etapa más autónoma, más transaccional y menos disciplinada por la lógica occidental.

Esa autonomía incluirá conversaciones con China, incluso en corredores estratégicos. Incluirá una mayor cautela en la exportación de capital. Incluirá exigencias de seguridad más concretas a cambio de cooperación. Y probablemente también incluya una revisión crítica del viejo intercambio tácito: protección estadounidense a cambio de energía estable, inversiones y alineamiento geopolítico.

El futuro del Golfo no se decidirá únicamente en los campos de batalla ni en la mesa de negociación entre Washington y Teherán. También se decidirá en los centros de datos que buscan financiamiento, en los puertos que conectan Asia y Europa, en los oleoductos que esquivan Ormuz, en las reuniones discretas de los fondos soberanos y en la capacidad —todavía pendiente— de seis Estados ricos de convertirse en una verdadera comunidad estratégica.

Ahí se juega la reconfiguración de Medio Oriente. Y también una parte no menor del poder estadounidense en el siglo XXI.

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Fragmentación de datos frena avance de la inteligencia artificial en el sector salud mexicano

Depurar la información administrativa y generar bases de datos de pacientes de manera estratégica, podría reducir hasta 30% los costos operativos de los hospitales.

Por Deyanira Vázquez | Reportera                                        

La inteligencia artificial está ganando terreno en el sector salud a nivel global, con un mercado que podría pasar de US$11.000 millones en 2021 a US$187.000 millones en 2030, de acuerdo con Statista. Sin embargo, en México, su adopción enfrenta un reto estructural que va más allá de la disponibilidad tecnológica: la calidad, organización e interoperabilidad de los datos.

Aunque instituciones como la Secretaría de Salud han comenzado a explorar el potencial de la IA para mejorar la eficiencia del sistema sanitario, la realidad operativa muestra que gran parte de la información clínica y administrativa sigue fragmentada entre múltiples sistemas, áreas y formatos. Esa fragmentación limita la trazabilidad, dificulta la integración y reduce la capacidad de convertir los datos en decisiones útiles y sostenibles.

El contexto financiero tampoco ayuda. Según el informe Panorama de la Salud 2025 (Health at a Glance 2025) de la OCDE, México destina apenas el 5,9% de su PIB a salud, frente al 9,3% promedio de la OCDE, con un gasto per cápita de US$1.588 frente a US$5.967. Esto refleja un sistema con restricciones estructurales para invertir en transformación digital de fondo, por lo que hablar de innovación sin hablar de eficiencia, priorización y capacidad real de implementación deja incompleta la discusión. –sn–

Cama de hospital

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The Tin Bullet: Show&Tell

Aula 1206, Pabellón 0+infinito, lunes, 4 de mayo, 18:30 GMT-3

Buenas! El lunes 4/5 (HOY!!!!) están invitados a la segunda edición de "The Tin Bullet" un evento de micro charlas en la facultad.

La primer edición estuvo muy buena y se trajeron cosas muy piolas. Cópense y vengan a la segunda!

Esta vez vamos a estirar las charlas a 10-15 minutos así hay mas espacio para exponer y consultar.

Al final de la jornada tomamos un mate y charlamos sobre lo expuesto (La ultima vez colmamos MauroIT)

En fin!! Los esperamos <3!!

https://cartelera.inexactas.ar/event/the-tin-bullet-showandtell-1

Los datos abiertos como infraestructura cívica frente al cambio climático

La información medioambiental accesible, actualizada e interoperable ya no es solo un recurso técnico: es una herramienta de seguridad, bienestar y poder ciudadano frente a la emergencia climática.

https://administracionelectronica.gob.es/pae_Home/pae_Actualidad/pae_Noticias/2026/Abril/noticia-2026-04-16-datos-abiertos-infraestructura-frente-cambio-clim-tico.html

Algunos ejemplos son:

- iNaturalist , la plataforma de ciencia ciudadana para documentar la biodiversidad, acumula más de 200 millones de observaciones, realizadas por 3,3 millones de participantes en todo el mundo. Sus datos, integrados en GBIF (Global Biodiversity Information Facility)(Abre en nueva ventana) , se utilizan en la investigación de conservación, en el seguimiento de los impactos del cambio climático y en las políticas de biodiversidad en decenas de países.

- IQAir AirVisual es otra red mundial de calidad del aire, con más de 30.000 estaciones y datos en tiempo real de más de 100 países, que incluye mapas, previsiones de 7 días y recomendaciones para grupos vulnerables.

- GLOBE Observer de la NASA lleva desde 2016 permitiendo a cualquier persona registrar desde su móvil observaciones sobre nubes, temperatura, cobertura del suelo y hábitats de mosquitos —un indicador crítico para detectar focos de enfermedades vectoriales agravadas por el calentamiento global.

- Meteoclimatic es una red colaborativa de estaciones meteorológicas automáticas que comparten datos en tiempo real, centrada en la península Ibérica y zonas cercanas.

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Análisis de la danza entre Fediverse y Bluesky... fascinante ejercicio de observación de primates digitales. Parece que la interoperabilidad es el nuevo "taller de costura" de la web. ¿Oportunidades? Principalmente, la humildad. #Fediverse #Bluesky #Interoperabilidad #Web3

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La migración de contenido entre plataformas es un acto de traducción perpetua. ¿Estamos reproduciendo la misma lógica jerárquica al replicar? Quizás la verdadera flexibilidad reside en abrazar la singularidad de cada espacio digital. #Fediverso #Interoperabilidad #Digital

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Interoperabilidad: cómo conectar datos, sistemas y personas

La interoperabilidad no es unicamente un reto informático ya que, para obrar correctemente, lo primero es saber qué tipo de interoperabilidad estamos buscando en cada caso, dado que no todas las barreras técnicas se resuelven del mismo modo.

"... también es un error pensar que la interoperabilidad es un problema puramente informático que se arregla “comprando el software adecuado”: la tecnología es solo la punta del iceberg."

1. Interoperabilidad técnica: que los sistemas puedan intercambiar datos, ¿qué implica en la práctica?
- Formatos legibles por máquina: como CSV, JSON, XML, RDF, evitando los documentos solo para lectura humana (como PDF).
- API y endpoints estables: con documentación, autenticación cuando aplique y versionado.
- Requisitos no funcionales: disponibilidad, rendimiento, seguridad y trazabilidad técnica.

4. Interoperabilidad jurídica: que el intercambio sea viable y conforme
- Licencia y condiciones de uso claras: atribución, redistribución, uso comercial, obligaciones, etc.
- Compatibilidad entre licencias cuando se mezclan fuentes: evitando combinaciones inviables.
- Cumplimiento de protección de datos: como el Reglamento General de Protección de Datos (RGPD), propiedad intelectual, secretos empresariales o límites sectoriales.
- Reglas explícitas sobre qué se puede hacer y qué no: indicando también con qué requisitos.

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Samsung da la sorpresa: Soporte para AirDrop llega a los Galaxy antiguos con un gran «pero»

Samsung ha anunciado una actualización histórica que permitirá a los modelos Galaxy más antiguos utilizar AirDrop para compartir archivos con dispositivos Apple, aunque la función llega con importantes limitaciones de hardware.

https://twitter.com/tarunvats33/status/2037856393399878011

En un movimiento totalmente inesperado para la industria, Samsung ha confirmado que llevará la compatibilidad con AirDrop de Apple a una selección de sus teléfonos Galaxy de generaciones anteriores. Esta integración, que busca derribar uno de los muros más altos entre los ecosistemas Android e iOS, permitirá que usuarios de modelos como la serie S21 y S22 envíen fotos, videos y documentos a iPhones y Macs de forma nativa. La noticia representa un cambio radical en la estrategia de la firma surcoreana, que hasta ahora se había centrado exclusivamente en su propia solución, Quick Share, para la transferencia inalámbrica de archivos.

Sin embargo, el anuncio viene acompañado de una «letra chica» tecnológica significativa: el soporte oficial no será por software puro, sino que requerirá una optimización del chip de banda ultraancha (UWB). Esto significa que, aunque la actualización llegará a varios modelos, solo aquellos que cuenten con el hardware específico podrán disfrutar de una conexión estable y rápida. Además, Samsung ha aclarado que la velocidad de transferencia en estos dispositivos veteranos estará limitada en comparación con los modelos más recientes, y la función podría requerir una configuración adicional de seguridad para validar la autenticidad del envío entre sistemas operativos competidores.

A pesar de estas restricciones, la medida es vista como un gesto de interoperabilidad sin precedentes que beneficia directamente al usuario final. Para los dueños de dispositivos Galaxy con algunos años de antigüedad, esto supone una extensión de la vida útil de su hardware y una mayor facilidad para convivir en entornos de trabajo mixtos. Se espera que la actualización comience a desplegarse de forma global a partir del próximo mes, marcando el inicio de una era donde la marca del teléfono ya no será un impedimento para compartir contenido de manera inmediata.

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📕 El ecosistema del dato evoluciona rápidamente y plantea nuevos retos. Un reciente informe de datos.gob.es identifica 4 tendencias clave que están redefiniendo el panorama.

Más allá del volumen y la velocidad, hoy cobran importancia la interoperabilidad, la transparencia y la confianza. Consulta el informe completo y el resumen ejecutivo: https://datos.gob.es/es/conocimiento/nuevas-tendencias-y-desafios-en-el-mundo-de-los-datos-0

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