La verdad es que ser buena gente no debería ser un mérito, sino el mínimo exigible.
Pero en este mundo que va a mil por hora, parece que nos hemos olvidado de que un "buenos días" con contacto visual vale más que cualquier título colgado en una pared.
Es alucinante cómo algunos solo sacan la sonrisa cuando ven un cargo importante delante, mientras que al que limpia la oficina o te sirve el café ni lo miran a los ojos.
El respeto de verdad no entiende de jerarquías; se tiene o no se tiene, y punto.
Al final, la grandeza está en esas tonterías que parecen no importar: dar las gracias de corazón, pedir las cosas por favor sin que te cueste la vida y tratar a todo el mundo con la misma dignidad.
No hace falta ir pregonando lo humilde que eres; si tienes que decirlo, es que no lo eres tanto.
La educación es, en el fondo, una forma de decirle al otro: "te veo y me importas".
Cuando echemos el cierre, nadie se va a acordar de nuestras facturas o de lo alto que llegamos en la escalera.
Lo que se queda grabado es si fuiste alguien con quien daba gusto estar o si fuiste un mueble con mal humor.
La altura de una persona se mide por cómo hace sentir a los que no pueden darle nada a cambio.
Al final, lo único que cuenta es haber sido transparente, haber vivido sin pisar a nadie y entender que, por mucho que unos lleven traje y otros mono de trabajo, en el fondo todos estamos en el mismo barco.
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A los soberbios les encanta decir que no necesitan a nadie. 



