Debe de existir algún decreto secreto que nadie me ha enseñado donde se establece que, en cuanto llega el calor, los comerciales salen a la calle igual que las hormigas cuando encuentran una miga de pan.
Les da exactamente igual si estás trabajando, comiendo, duchándote o intentando recordar por qué has entrado en una habitación.
Ellos llaman.
Y no llaman una vez, no.
Eso sería demasiado sencillo.
Aprietan el timbre y cuentan mentalmente hasta tres.
Si no apareces de inmediato, desaparecen.
Entonces tú subes o bajas las escaleras como una cabra montesa, abres la puerta, no ves a nadie... y justo cuando la cierras, vuelven a llamar porque han oído el movimiento.
Una experiencia interactiva.
Van llegando en fila india.
Verisure.
Placas solares.
Otro de placas solares.
Otra empresa de seguridad.
El de los congelados con un catálogo que parece la Enciclopedia Británica.
Y yo ya los veo venir desde lejos con la misma ilusión con la que se recibe una multa.
Lo peor es que todos empiezan igual:
—¿Tiene un minuto?
No.
Precisamente eso es lo único que no tengo desde que empezó el verano.
Si algún día dejo de responder al timbre, no penséis mal.
Estaré escondida detrás de una maceta esperando a que termine la temporada de apareamiento de los comerciales puerta a puerta.
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