/𝙈𝙞𝙘𝙧𝙤𝙧𝙧𝙚𝙡𝙖𝙩𝙤/
Hay rincones que no deberían ser pisados y menos de noche.
Ese pasillo de hormigón, frío y con olor a humedad estancada, parecía el camino más corto, pero acabó siendo una trampa.
Al principio solo fue una sensación, ese escalofrío que te recorre la nuca cuando crees que alguien te observa desde la penumbra.
Pero luego el aire se volvió denso, difícil de tragar, y los sonidos empezaron a no encajar con la realidad.
No era el eco de mis pasos.
Era un roce seco, rítmico, contra las paredes desconchadas.
Al girar la cabeza, la lógica se rompió en mil pedazos.
Una figura, o lo que fuera eso, se movía de una forma que ningún cuerpo humano debería poder imitar.
No caminaba por el suelo; trepaba por el muro con una agilidad espasmódica, como una araña hambrienta que ha detectado una vibración en su tela.
Sus extremidades se doblaban en ángulos imposibles y sus manos se aferraban al cemento como si las sombras le permitieran ignorar la gravedad.
No había rostro, solo un vacío oscuro donde debería estar la mirada, una presencia que no buscaba asustar, sino consumir.
Intenté correr, pero las piernas me pesaban como si el mismo hormigón del túnel se me estuviera subiendo por los tobillos.
El sonido de sus dedos arañando la pared se hacía cada vez más rápido, más cerca, justo por encima de mi hombro.
Lo peor no es el miedo a morir, es la certeza de que en este lugar nadie va a oír tu último grito.
Ese pasillo no tiene salida, o quizás la salida es convertirte en otra sombra más que acecha en las paredes, esperando a que el siguiente incauto decida acortar camino.
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