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La alcaldesa de La Roca del Vallès se reúne con Salvador Illa para impulsar viviendas sociales

Marta Pujol busca avanzar en la construcción de 60 pisos en el Pla de les Hortes.

Clarivista

El combustible como tributo

La arquitectura fiscal de un sistema diseñado para nunca ser justo

Por Dr. Víctor Garrido Peralta

Síntomas visibles, patología oculta

Tratar exclusivamente el dolor, ignorando la hemorragia interna es una forma elegante y documentada de prolongar la enfermedad hasta el colapso, y esto es exactamente lo que ocurre en República Dominicana con los combustibles.  

Hay una pregunta que ningún funcionario ha respondido con honestidad en veinte años: 

¿Por qué cuando el precio internacional del petróleo sube un 10%, el dominicano lo siente al día siguiente en la bomba, pero cuando baja ese mismo 10%, el alivio tarda semanas en llegar, llega incompleto, o simplemente no llega?

La respuesta no está en la geopolítica. No está en la volatilidad del crudo. No está en el flete del Caribe.

Está en el diseño.

Durante años he documentado los síntomas del mercado de combustibles: precios que no bajan cuando el crudo cae, opacidad en la fijación semanal, márgenes que no responden a competencia sino a decreto. He sido un clínico del malestar ciudadano.

Hoy elevo el diagnóstico.

República Dominicana no tiene un problema de precios.

Tiene un problema de diseño.

La tesis que nadie quiere pronunciar

El combustible en el país no es energía. Es un tributo.

Se ha convertido en una herramienta estructural de financiamiento del Estado.

No es un caos.

No es ineficiencia.

No es negligencia acumulada.

Es un sistema que funciona exactamente como fue diseñado.

Y esa es la diferencia que lo cambia todo.

Cuando la ley es la patología

Para entender la enfermedad, hay que leer el expediente clínico: el marco jurídico.

La Ley 112-00 establece un impuesto fijo por galón. Es una carga rígida, que no respira, que no se ajusta, que permanece indiferente a si el barril cuesta cuarenta o cien dólares.

La Ley 495-06 le superpone una segunda capa de aproximadamente el 16% ad valorem. Una carga que sí se mueve, pero solo hacia arriba con fuerza real.

El resultado aritmético es una doble imposición estructural:

fija + variable sobre el mismo producto.

No es redundancia legislativa; es arquitectura extractiva.

Cuando el precio internacional sube → el impuesto fijo se mantiene y el porcentual crece. El ciudadano paga dos veces el alza.

Cuando el precio baja → el impuesto fijo actúa como piso que no cede. El alivio llega siempre amputado.

Esta asimetría no es técnica. Es política. Y está codificada en ley.

A esto se suman componentes técnicos —flete, seguro, almacenamiento— y el polémico Gasto de Aplicación de la Ley (GAL), mediante el cual el ciudadano financia la burocracia que lo regula.

Es un circuito cerrado.

La consecuencia es clara:

hasta un 33% del precio final puede ser carga fiscal y administrativa.

No petróleo.

No energía.

Fiscalidad disfrazada de combustible.

El mercado que no existe

Aquí está el segundo pilar del problema:

En República Dominicana no hay mercado de combustibles.

Hay un sistema administrado.

El Estado fija los precios semanalmente.

Los márgenes no compiten: se decretan.

Las empresas no ganan por eficiencia, sino por diseño regulatorio.

Esto genera una distorsión crítica:

Cuando el crudo sube → el aumento se traslada completo

Cuando baja → el alivio se diluye, se retrasa o se absorbe

El ciudadano siente el golpe en tiempo real.

La recuperación, nunca en la misma proporción.

No es mercado.

Es un mecanismo de transferencia.

Aquí no compiten precios.

Se administran.

El incentivo que lo explica todo

Aquí reside el núcleo de la patología y la verdad técnica que choca contra el discurso político.

El Estado dominicano depende del combustible caro. No sufre cuando el combustible sube.

Recauda más.

Los hidrocarburos representan una fuente clave de ingresos fiscales.

Y muchos de esos ingresos crecen debido a la naturaleza indexada de estos impuestos, la recaudación crece   automáticamente cuando el precio internacional sube.

La lógica es implacable:

a mayor precio en la bomba, mayor oxígeno para las arcas públicas. Si el precio colapsa, el Estado enfrenta una inmensa presión fiscal.

Entonces surge la pregunta incómoda:

¿Qué incentivo real tiene el sistema para abaratar el combustible?

La respuesta técnica es: ninguno. 

No es pereza. No es mala gestión. Es que el sistema tiene incorporado un incentivo estructural para preservar el precio alto. 

Mientras eso no cambie, ninguna promesa de alivio tendrá arquitectura que la sostenga.

La fiscalidad invisible

El ciudadano cree que llena el tanque para moverse.

En realidad, financia simultáneamente:

servicio de la deuda

gasto corriente de un Estado que consume cerca del 87% de su presupuesto en su propio mantenimiento

subsidios cruzados opacos

y la estructura que lo regula

Propongo un concepto para este fenómeno:

Fiscalidad invisible del combustible.

Usted no sabe qué parte de lo que paga es energía y qué parte es Estado.

Y esa opacidad no es un error.

Es funcional.

La distorsión acumulada

En análisis previos documenté el fraude en estaciones:

mangueras descalibradas, combustible adulterado, pérdidas estimadas en RD$4,800 millones anuales.

Ese es el fraude visible.

Pero el problema mayor ocurre antes de llegar a la bomba:

doble imposición que amplifica alzas

impuesto fijo que impide que las bajas se reflejen plenamente

márgenes protegidos por decreto

ausencia de competencia real

Otros países —Chile, Panamá, Guatemala— han corregido estas distorsiones con mecanismos técnicos, competencia o eficiencia logística.

Nosotros no.

Elegimos el diseño más costoso para el ciudadano.

El diagnóstico definitivo

El paciente llega cada semana a consulta cuando se anuncian nuevos precios.

Se le explica el mercado internacional, la geopolítica y la volatilidad.

Son analgésicos discursivos.

No es mercado.
No es logística.
No es coyuntura.

Es diseño.

El diagnóstico es claro:

doble imposición estructural

incentivos fiscales que premian el precio alto

ausencia de competencia

opacidad en el destino de los recursos

dependencia estatal del combustible caro

Estamos ante una hemorragia fiscal crónica, donde el combustible es la vena por la que se extraen recursos del ciudadano.

La prescripción

Esto no se corrige con ajustes.

Se corrige con decisiones.

1. Mecanismo automático de precios sin discrecionalidad política

2. Reforma impositiva: eliminar la doble carga y sustituirla por un tributo único, transparente

3. Liberalización de márgenes para introducir competencia real

4. Transparencia total del destino de cada peso recaudado

5. Separación entre política fiscal y energética

Mientras el combustible sea caja recaudadora, nunca será herramienta de desarrollo.

Conclusión: el verdadero problema

La discusión no es cuánto cuesta el combustible.

Es porque siempre termina costando de más.

No es coyuntura.

No es gestión.

No es el precio internacional.

Es diseño.

Y los problemas de diseño no se corrigen con parches.

Se corrigen rediseñando.

El cierre

Mientras el tanque del ciudadano siga siendo la caja del Estado,

la economía seguirá atrapada en el tráfico de la ineficiencia.

El combustible debe dejar de ser tributo

para ser motor.

Porque hoy, en República Dominicana.

El problema no es que el tanque esté vacío.

Es que lo hemos estado llenando…
para sostener un sistema que no devuelve.

https://acento.com.do/opinion/el-combustible-como-tributo-9670866.html

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LA MENTE ABANDONADA

Por Dr. Víctor Garrido Peralta

Radiografía de un sistema que decidió no tratarse

Hay países que subestiman la salud mental.

La República Dominicana la ha desfinanciado.

Esa diferencia no es semántica. Es clínica.

Cada mañana, en las calles de Santo Domingo, el sistema de salud mental pasa visita. Pero no en hospitales.

Pasa visita en aceras.

Hombres dialogando con voces que nadie más escucha.

Mujeres atrapadas en delirios sin nombre clínico.

Jóvenes errantes, expulsados no por su enfermedad, sino por la inexistencia de una red que los contenga.

Ese es el verdadero pase de sala de la psiquiatría dominicana.

Y el diagnóstico es inequívoco:

falla multiorgánica de un sistema que existe en la ley, pero no en la realidad.

Un marco moderno, una ejecución ausente

La República Dominicana no carece de marco legal.

La Ley 12-06 de Salud Mental y la Ley 42-01 establecen un modelo comunitario alineado con estándares internacionales.

Sobre el papel, la arquitectura es correcta.

En la práctica, es irrelevante.

Porque en salud pública —como en medicina clínica— un protocolo que no se ejecuta es indistinguible de su ausencia.

El presupuesto: el verdadero diagnóstico

El indicador más honesto de un sistema no es su discurso.

Es su presupuesto.

La salud mental recibe alrededor del 0.73% de la inversión en salud. 

La OMS recomienda entre 5% y 10%.

La brecha no es técnica. Es ética.

Un país que invierte menos del 1% en la mente ha tomado una decisión estructural:

ha decidido que el sufrimiento psíquico puede esperar.

Pero no espera. Se acumula. Se agrava. Se manifiesta.

Epidemiología del abandono

Más de 2 millones de dominicanos viven con trastornos mentales.

Hasta un 37% de la población presenta síntomas relevantes.

Más de 600 suicidios anuales, con miles de intentos no registrados.

El suicidio es el biomarcador más duro de un sistema.

Cuando aumenta, no falla el individuo.

Falla la estructura que debía sostenerlo.

Infraestructura: la ausencia como política

Menos de 300 psiquiatras para 11 millones de habitantes.

Menos de 100 camas psiquiátricas públicas.

Provincias enteras sin capacidad de hospitalización.

Esto no es déficit.

Es deserción institucional.

El error estratégico

El cierre del modelo manicomial fue conceptualmente correcto.

Pero se ejecutó sin construir la red sustitutiva.

Se desmontó el hospital.

No se edificó el sistema.

En medicina, esto tiene nombre:

iatrogenia estructural.

Hoy, la institucionalización fue reemplazada por la calle.

Y la calle se convirtió en el principal espacio de contención psiquiátrica del país.

Sin protocolos.

Sin fármacos.

Sin seguimiento.

La brecha terapéutica

La brecha de tratamiento supera el 75%. 

Ocho de cada diez pacientes no reciben atención.

No estamos ante un sistema limitado.

Estamos ante un sistema que no está operando.

La respuesta cultural: tratarse mal

Cuando el sistema desaparece, la cultura interviene.

Automedicación.

Benzodiacepinas sin control.

Antidepresivos interrumpidos.

Y la medicina del rumor:

Tilo.

Valeriana.

Pasiflora.

Alcohol como ansiolítico social.

El problema no es cultural.

Es clínico.

La esquizofrenia es una enfermedad neurobiológica.

La depresión mayor no es debilidad de carácter.

Tratarlas sin evidencia no es alternativa.

Es negligencia.

El mercado del vacío

Donde el Estado se retira, el mercado ocupa el espacio.

Coaches sin formación clínica.

Suplementos sin regulación.

Diagnósticos por redes sociales.

Esto no es innovación.

Es abandono institucional con apariencia moderna.

El costo invisible

Los trastornos mentales no solo matan.

Incapacitan.

Representan una de las principales causas de discapacidad global (DALYs).

Su impacto es sistémico:

Pérdida de productividad.

Empobrecimiento familiar.

Fragmentación social.

Un sistema que ignora la salud mental no ahorra.

Se endeuda socialmente.

La causa real

No es falta de recursos.

Es falta de prioridad.

El verdadero diagnóstico no está en el DSM-5 ni en la CIE-11.

Está en el presupuesto.

La prescripción

No se requieren ideas nuevas.

Se requiere decisión.

Elevar inversión a ≥5% del presupuesto de salud

Garantizar 15 camas por cada 100,000 habitantes

Cobertura obligatoria en ARS

Integración en atención primaria

Línea nacional de crisis 24/7

Expansión real de UNAPIC

Esto no es ambición.

Es estándar mínimo.

Veredicto final

La República Dominicana no enfrenta solo una crisis de salud mental.

Enfrenta una crisis de conciencia.

Porque ignorar el sufrimiento psíquico no lo elimina.

Lo desplaza.

A las calles.

A los hogares.

A las estadísticas de muerte.

La decisión

El diagnóstico está hecho.

El paciente está inestable.

Y el país enfrenta una elección impostergable:

Seguir administrando paliativos…

o iniciar el tratamiento estructural.

Porque esto no es un episodio leve.

Es una enfermedad crónica, progresiva y descompensada.

Y como toda enfermedad avanzada, exige lo inevitable:

intervención inmediata.

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