Los habitantes de la región del hule y sus grandes centros urbanos
Un recorrido por el origen y el desarrollo social de la civilización olmeca en el México antiguo
El estudio de las sociedades prehispánicas en el continente americano tiene un punto de partida muy claro en las llanuras costeras del Golfo de México, una región de clima tropical, ríos caudalosos y selva densa que hoy en día pertenece al sureste del estado de Veracruz y al oeste del estado de Tabasco. En este espacio geográfico se asentó la civilización olmeca, una cultura cuyo nombre real desconocemos, ya que el término actual proviene del idioma náhuatl y significa gente del país del ule, una etiqueta asignada por los arqueólogos del siglo XX debido a la abundancia de árboles de caucho en la zona. Las investigaciones sitúan el origen de este grupo humano hacia el año 1500 a.C., abriendo paso a un desarrollo cultural que se extendió a lo largo del periodo Preclásico mesoamericano, teniendo su época de mayor esplendor entre los años 1200 a.C. y 400 a.C. antes de su dispersión definitiva.
A diferencia de las pequeñas aldeas agrícolas de periodos anteriores, los olmecas estructuraron los primeros centros de población planificados de la región, destacando tres sitios arqueológicos principales que funcionaron de manera sucesiva como capitales políticas y religiosas. El primero de ellos fue San Lorenzo, ubicado en la cuenca del río Coatzacoalcos en Veracruz, un asentamiento que llegó a albergar a miles de habitantes y donde se realizó una gigantesca remodelación del terreno artificial para construir terrazas y canales de agua habitables. Hacia el año 900 a.C., este sitio comenzó a ser abandonado por cambios ambientales o disputas internas, trasladándose el poder hacia La Venta, una isla arenosa en medio de los pantanos de Tabasco donde se levantó la estructura piramidal de tierra y arcilla más antigua que se conserva en México. El último gran bastión fue Tres Zapotes, en las faldas de la sierra de Los Tuxtlas, un lugar que prolongó la producción escultórica hasta los últimos siglos previos a nuestra era.
La manifestación más conocida de esta sociedad es su escultura monumental tallada en bloques de basalto, una roca volcánica que los artesanos transportaban desde distancias mayores a los 60 kilómetros sin ayuda de animales de carga ni herramientas de metal duro. En total se han recuperado 17 cabezas colosales, piezas de piedra de hasta tres metros de altura y varias toneladas de peso que muestran rostros masculinos con cascos decorados, facciones gruesas y ojos rasgados, las cuales se consideran retratos de sus antiguos gobernantes y jefes dinásticos. Además de estos rostros, los olmecas crearon altares de piedra tallada que servían como tronos, así como pequeñas figuras de jade y serpentina verde que representaban tanto a seres humanos como a deidades relacionadas con la agricultura, la lluvia y la figura sagrada del jaguar.
La organización interna de estas ciudades demuestra la existencia de una sociedad muy dividida, donde una élite de gobernantes y sacerdotes controlaba los recursos materiales y el trabajo de la gente común, compuesta principalmente por agricultores, alfareros y pescadores. El sustento económico dependía del cultivo intensivo de maíz, frijol, calabaza y chile en las tierras fértiles que se inundaban con las crecidas de los ríos, complementado con un sistema de comercio a larga distancia que les permitía conseguir materias primas lujosas como la obsidiana y el cristal de roca de regiones lejanas. Asimismo, las evidencias demuestran que fueron los iniciadores del juego de pelota ritual, desarrollaron las bases de los primeros calendarios astronómicos y crearon un sistema de escritura jeroglífica temprano que sirvió como base para los conocimientos de las grandes civilizaciones posteriores que florecieron en Mesoamérica.
— A. Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso
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