( #Podcast) Radiociencia. MOFs, las esponjas del futuro 15/06/26
https://www.radioklara.org/radioklara/?p=12242
#Radiociencia #RàdioKlara #RàdioLliure #ciencia #divulgación
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Paradoja: vivimos en una época en la que el conocimiento científico está al alcance de todos, pero el poder de la desinformación lo supera...

Ese sonido tan reconocible no es casualidad: la física del paso, el material y el aire atrapado lo explican todo. #Curiosidades #Ciencia #Sonido #Calzado #Verano #Divulgación
Lo invisible necesita metáforas
Aquel verano, el campo parecía hablar. No era una forma de decirlo. Al menos, no para Barbara.
Las hojas del maíz se agitaban bajo el viento de Illinois con un rumor seco, como si intercambiaran secretos. Desde la ventana del laboratorio, las plantas formaban filas interminables que se perdían en el horizonte. Para la mayoría de las personas eran simplemente cultivos. Para ella, eran individuos. Cada una contaba una historia distinta.
—¿Otra vez aquí tan temprano? —preguntó George al entrar en el invernadero. Barbara levantó la vista de su cuaderno.
—No podía dejar de pensar en la planta 43-B. George sonrió.
—Solo tú eres capaz de preocuparte por una planta concreta. Ella devolvió la sonrisa, pero no respondió.
¿Cómo explicarle que aquella planta era diferente? Que sus granos mostraban manchas inesperadas, como si alguien hubiera cambiado las instrucciones a mitad de camino. Que cada anomalía parecía una palabra escrita en un idioma desconocido.
Esperó a que él se marchara. Entonces volvió a observar las mazorcas. Las había examinado cientos de veces. Miles.
Algunas semillas eran amarillas. Otras moradas. Otras mostraban extraños mosaicos de color, como si una mano invisible hubiera jugado con la pintura mientras crecían. Aquello no tenía sentido.
Según la genética de la época, los genes ocupaban posiciones fijas en los cromosomas. Eran como casas construidas en una calle: podían heredarse, podían combinarse, pero no podían levantarse una mañana y mudarse a otro barrio. Sin embargo, las semillas seguían contradiciendo aquella idea.
Barbara pasó la yema de los dedos sobre la superficie rugosa de una mazorca. —¿Qué estás intentando decirme? —murmuró.
La pregunta habría parecido absurda para cualquiera que la escuchara. Pero ella no hablaba con la planta. Hablaba con el problema.
Los años fueron pasando. Los cuadernos se acumularon. Las observaciones también.
Mientras otros investigadores trabajaban con grandes teorías, Barbara dedicaba jornadas enteras a mirar por el microscopio. Dibujaba cromosomas. Comparaba generaciones. Seguía el rastro de pequeñas alteraciones que nadie consideraba importantes.
A veces sentía que avanzaba a oscuras, como una exploradora dentro de una cueva sin mapa. No tenía palabras para describir lo que veía. Tampoco modelos. Solo indicios.
Y, sin embargo, poco a poco comenzó a formarse una imagen en su mente. No veía los genes como objetos inmóviles. Los veía como viajeros. Algunos parecían desplazarse. Aparecían en un lugar. Desaparecían. Volvían a surgir en otro.
Aquella idea era imposible. Tan imposible que ni siquiera se atrevía a formularla en voz alta. La repetía para sí misma mientras caminaba por los campos.
¿Y si los genes pudieran moverse? El pensamiento regresaba una y otra vez, como un pájaro obstinado.
Cuando finalmente presentó sus resultados, la sala permaneció en silencio. Barbara observó los rostros de los asistentes. Algunos fruncían el ceño. Otros tomaban notas. La mayoría parecía incómoda.
Uno de los investigadores levantó la mano.
—¿Está sugiriendo que los genes cambian de posición?
—Eso indican los datos.
—Pero eso contradice todo lo que sabemos sobre herencia. Barbara hizo una pausa. Había esperado aquella reacción.
—Quizá contradice lo que creemos saber. El hombre negó con la cabeza. La discusión continuó durante horas.
Al terminar, ella salió sola del edificio. El sol comenzaba a ponerse. La luz naranja cubría los campos de maíz. Respiró profundamente.
No estaba enfadada. Ni siquiera decepcionada. Comprendía la resistencia. Lo desconocido siempre resulta incómodo, especialmente cuando obliga a abandonar una imagen familiar del mundo.
Durante años, casi nadie prestó atención a sus ideas. Los artículos quedaron olvidados. Las citas fueron escasas. Muchos pensaron que estaba equivocada. Otros simplemente dejaron de escucharla.
Pero Barbara siguió trabajando. No perseguía prestigio. Perseguía comprensión.
Mientras tanto, la biología avanzaba. Nuevas técnicas permitieron observar el ADN con una precisión impensable décadas antes.
Y entonces ocurrió. Los investigadores comenzaron a encontrar exactamente lo que ella había descrito. Fragmentos de ADN capaces de desplazarse. Elementos móviles. Genes viajeros. Aquello que parecía imposible resultó ser real.
Una tarde de otoño, muchos años después, Barbara paseaba por el jardín de su casa. Las hojas secas crujían bajo sus zapatos. Ya era anciana.
La noticia del reconocimiento internacional había llegado hacía tiempo. También los homenajes, las conferencias, los premios. Pero nada de eso ocupaba sus pensamientos.
Se detuvo junto a unas plantas y observó sus tallos, como había hecho toda la vida. Pensó en los años de incertidumbre. En las dudas. En los silencios. En las veces que había intentado explicar algo para lo que aún no existían palabras.
Porque aquel había sido el verdadero desafío. No descubrir. Sino imaginar.
Antes de que una idea tenga nombre, antes de que aparezca en los libros o en los artículos científicos, existe un territorio extraño donde solo habitan intuiciones, imágenes y preguntas. Allí, el lenguaje todavía no alcanza. Allí, la mente necesita metáforas. Necesita comparar lo desconocido con algo familiar. Necesita construir puentes.
Barbara sonrió. Quizá por eso siempre había sentido que las plantas le hablaban. No porque realmente hablaran, sino porque, cuando nadie entendía lo que estaba ocurriendo, ella había aprendido a escuchar aquello que aún no sabía cómo decirse.
Y, a veces, escuchar es el primer paso para descubrir un mundo nuevo.
La relación entre metáfora y ciencia es mucho más profunda de lo que suele pensarse. A menudo imaginamos la ciencia como un lenguaje completamente literal y objetivo, pero cuando los científicos se enfrentan a fenómenos desconocidos necesitan herramientas cognitivas para pensar lo que todavía no pueden describir con precisión. Ahí aparece la metáfora.
La metáfora como puente hacia lo desconocido
La metáfora no es simplemente un recurso literario. En ciencia funciona como una herramienta de exploración conceptual.
Cuando algo es nuevo, invisible o extremadamente complejo, los investigadores suelen compararlo con algo conocido:
Estas metáforas no son la realidad, pero permiten construir modelos provisionales que ayudan a formular preguntas, diseñar experimentos y generar hipótesis.
Los filósofos de la ciencia han señalado que muchos modelos científicos son, en el fondo, metáforas sofisticadas. Un modelo no es una copia exacta del mundo; es una representación que destaca ciertos aspectos y oculta otros.
Por eso la metáfora resulta especialmente importante en las fronteras del conocimiento, allí donde aún no existen conceptos consolidados ni vocabulario preciso.
Cuando lo desconocido aún no tiene nombre
La historia de la ciencia está llena de ejemplos:
En todos estos casos, la metáfora funciona como una especie de andamio intelectual. Más tarde puede ser reemplazada o refinada, pero sin ella muchas ideas habrían sido imposibles de imaginar.
El filósofo de la ciencia Thomas Kuhn señalaba que los científicos trabajan dentro de marcos conceptuales compartidos que condicionan cómo perciben la realidad. Las metáforas ayudan precisamente a construir esos marcos.
Barbara McClintock
Si buscamos una mujer científica que represente la importancia de la metáfora para explorar lo desconocido, una candidata extraordinaria es Barbara McClintock.
McClintock revolucionó la genética estudiando el maíz durante el siglo XX. Descubrió que ciertos fragmentos de ADN podían desplazarse por el genoma, algo que parecía imposible según los modelos de la época.
Lo interesante es cómo llegó a esa comprensión.
Ella hablaba de «escuchar» al organismo y de desarrollar un «sentimiento por el organismo». Evidentemente no era una descripción literal. Era una metáfora para expresar una forma de conocimiento intuitiva y profundamente observacional.
Cuando los conceptos existentes no bastaban para explicar lo que veía, tuvo que construir nuevas imágenes mentales para pensar el genoma.
Hoy sabemos que aquellos elementos móviles existen realmente y se conocen como Transposones.
En cierto sentido, McClintock habitó durante años un territorio sin nombre. Observaba fenómenos para los que la genética aún no tenía lenguaje adecuado. Su trabajo muestra cómo la imaginación científica precede muchas veces a la formalización teórica.
Con este relato participo como #polivulgador en la iniciativa de @hypatiacafe para el tema #PVmodelos
#ADN #BarbaraMcClintock #divulgación #Metáforas #microrrelato #ModelosEnCiencis #MujerYCiencia #relato #RelatoCiencia¿Sabías que un sólido puede fluir a través de sí mismo sin ningún tipo de resistencia?
La física tradicional siempre nos ha enseñado que las cosas son sólidas, líquidas o gaseosas. Si congelas el agua, se vuelve un hielo duro que no cambia de forma. Sin embargo, el universo es mucho más extraño de lo que dicta el sentido común. Existe un estado de la materia sumamente exótico que los científicos llamamos súper sólido. No es una contradicción lógica, es una realidad cuántica comprobada en laboratorios de vanguardia.
Para entenderlo de forma sencilla, imagina un cubo de hielo perfecto. En el mundo normal, si intentas empujar agua a través de ese hielo, chocaría contra una barrera insuperable. Pero si ese cubo fuera un súper sólido, las partículas que lo componen estarían tan ridículamente frías, casi al cero absoluto, que empezarían a comportarse de una manera idéntica. Perderían su individualidad. El resultado es que una parte de ese objeto mantiene su estructura rígida y fija, mientras que otra parte se transforma en un súper fluido capaz de atravesar los huecos de la propia red cristalina sin fricción, como si fuera un fantasma atravesando una pared de ladrillos. Es un material que tiene la rigidez de un hueso y la fluidez absoluta del agua al mismo tiempo. Los experimentos demuestran que las leyes de la física a gran escala simplemente no aplican cuando llevamos los átomos al límite de su temperatura.
— Aetherius Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso.

El 20 de mayo está declarado por la Asamblea General de las Naciones Unidas como el Día Mundial de las Abejas. Esta efeméride nace en el año 2017 gracias al impulso del Gobierno de Eslovenia y el apoyo de la Federación Internacional de Asociaciones de Apicultura, Apimondia. El Día de las Abejas surge para destacar la necesidad de protección de las abejas y de todos los insectos polinizadores, y recordar la gran importancia que tienen para las personas y el planeta.
¿Por qué la cerveza es técnicamente "pan líquido" transformado por hongos?
La cerveza no es solo una bebida refrescante, es un complejo laboratorio químico controlado que los humanos hemos perfeccionado durante miles de años. En esencia, hacer cerveza es engañar a la naturaleza para que rompa semillas y alimente a miles de millones de hongos microscópicos que excretan alcohol y gas de forma controlada.
Todo empieza con la malta, que normalmente son granos de cebada. Los maestros cerveceros mojan estos granos para que crean que van a convertirse en una planta. En ese momento, la semilla despierta y activa unas proteínas llamadas enzimas. Estas enzimas actúan como tijeras químicas que cortan el almidón del grano, que es un azúcar complejo y gigante, y lo transforman en azúcares simples y dulces. Después, los químicos detienen el crecimiento de la planta secando el grano con calor, lo que genera compuestos que le dan el color dorado, rojo o negro a la cerveza a través de una reacción química idéntica a la que ocurre cuando tuestas un trozo de pan.
Luego viene el lúpulo, una flor que contiene unos compuestos llamados alfa-ácidos. Al hervir el líquido, estos ácidos cambian su estructura molecular y se vuelven solubles en agua. Esto es lo que le da a la cerveza su característico sabor amargo, balanceando el dulzor del grano, y además funciona como un conservador natural que mata bacterias no deseadas.
El verdadero milagro químico lo hace la levadura, un hongo unicelular. Cuando este hongo entra en el líquido azucarado, devora los azúcares y los metaboliza. El resultado de este proceso químico, llamado fermentación, produce dos cosas: etanol, que es el alcohol que conocemos, y dióxido de carbono, el gas que genera las burbujas. Cuando sirves la cerveza, unas proteínas del grano se unen a los compuestos amargos del lúpulo y atrapan las burbujas de gas mientras suben, creando esa espuma densa en la superficie. No es simple espuma, es una red de proteínas y gas que protege al líquido del oxígeno para que no se arruine su sabor.
— Aetherius Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso.
¿Por qué un trozo de grasa con ceniza nos deja limpios?
El jabón no elimina la suciedad por arte de magia, sino por pura física y química destructiva. La mayoría de las cosas que consideramos "suciedad" en nuestra piel o en la cocina, como los aceites, la grasa y las bacterias, son inmunes al agua sola. Si intentas lavar un plato lleno de grasa solo con agua, notarás que el agua resbala sin hacer nada. Esto ocurre porque el agua y el aceite tienen naturalezas químicas opuestas que no se mezclan. El agua es polar y las grasas son apolares.
Aquí es donde entra la estructura molecular del jabón, que actúa como un agente doble. Cada molécula de jabón tiene una anatomía muy particular: una cabeza que ama el agua y una larga cola que odia el agua pero ama la grasa. Cuando te lavas las manos, las colas de las moléculas de jabón huyen del agua y se clavan directamente en las manchas de grasa y en las membranas de los microbios.
Al rodear la suciedad, el jabón forma unas esferas microscópicas llamadas micelas. Las colas atrapan la grasa en el interior de la esfera, mientras que las cabezas quedan en el exterior, felices de estar en contacto con el agua. Cuando abres el grifo y te enjuagas, el agua arrastra las cabezas de las micelas y, por lo tanto, se lleva también todo el paquete de grasa atrapado dentro. Literalmente arrancas la suciedad de tu superficie corporal.
Pero el jabón hace algo todavía más agresivo cuando hablamos de desinfectar. Muchos virus y bacterias dañinos están protegidos por una capa exterior hecha de lípidos, que es simplemente otra forma de llamar a la grasa. La cola de la molécula de jabón se incrusta en esa capa protectora con tanta fuerza que la rompe, desarmando la estructura del microbio y matándolo en el acto. Por eso, el acto mecánico de frotarse las manos con jabón durante veinte segundos es más destructivo para los virus que muchos geles desinfectantes. No estás esquivando los gérmenes, estás destruyendo sus membranas celulares con química básica.
— Aetherius Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso.
¿Sabías que un metal puede explotar al tocar el agua?
El sodio es un metal tan blando que puedes cortarlo con un cuchillo de cocina, pero guarda un secreto sumamente peligroso. A diferencia del hierro o el oro, el sodio odia estar solo en la naturaleza porque tiene un electrón rebelde que quiere regalar desesperadamente a cualquier otra sustancia. Cuando el sodio toca el agua, la reacción es inmediata y violenta. El metal le roba componentes al agua para estabilizarse, liberando un gas llamado hidrógeno y generando muchísimo calor en cuestión de milisegundos. Este calor es tan intenso que enciende el gas acumulado, provocando una explosión espectacular con llamas de color amarillo brillante. Es una batalla química donde el metal se derrite y estalla flotando en la superficie.
Debido a este temperamento tan explosivo, los científicos no pueden dejar el sodio guardado en un cajón común o expuesto al ambiente. El aire de cualquier habitación tiene humedad flotando, lo que causaría que el sodio reaccionara lentamente, se dañara o provocara un incendio en el laboratorio. Para evitar estos accidentes, el sodio se mantiene sumergido en un líquido especial que no tenga nada de agua ni oxígeno, generalmente aceite mineral o queroseno. Este líquido actúa como un escudo protector que asfixia al metal, impidiendo que toque la humedad del aire. Gracias a este almacenamiento seguro, el sodio permanece "dormido" y completamente inofensivo hasta que llega el momento exacto de usarlo en un experimento controlado.
— Aetherius Eldritch, Periodista, Locutor, podcaster y bloger del fediverso.