La fábrica de la violencia
La violencia no se improvisa. Se fabrica durante décadas.
Nuestros delincuentes, nuestros narcotraficantes, nuestros guerrilleros y nuestros paramilitares no nacieron en Suiza ni en Canadá. Nacieron aquí, en el mismo país donde durante generaciones millones de personas crecieron sin educación de calidad, sin oportunidades, sin empleo digno y con un Estado que, demasiadas veces, llegó tarde o nunca llegó.
Eso no significa justificar sus crímenes. Cada persona responde por sus actos y debe asumir las consecuencias de ellos. Pero ignorar las condiciones que alimentan la violencia es condenarnos a repetirla una y otra vez.
Lo más indignante es que quienes han dirigido este país, en muchos casos, no crecieron entre el hambre ni la desesperación. Nacieron con privilegios, educación, contactos y poder. Y aun así, demasiados terminaron saqueando lo público, administrando la desigualdad o gobernando pensando primero en sus propios intereses.
La gente no es bruta. O bueno… no toda. La gente sabe que buena parte de nuestros males tienen responsables con nombre y apellido: décadas de corrupción, clientelismo, impunidad y políticos que han convertido el Estado en un botín. Cambian los discursos, cambian los partidos, cambian los colores, pero el libreto suele ser exactamente el mismo.
No hay políticos de conducta intachable por el simple hecho de pertenecer a un bando u otro. Todos deberían responder con el mismo rigor por sus decisiones y por los daños que causan cuando gobiernan mal. Sin embargo, siempre aparecen imbéciles que los aplauden desde la clase obrera, defendiendo a quienes jamás compartirán sus privilegios ni cargarán con las consecuencias de sus errores.
Mientras la política siga concentrada en conservar el poder y no en construir prosperidad, educación, empleo, justicia e instituciones que funcionen para todos, la paz seguirá siendo un eslogan de campaña y no una realidad.
La paz no se decreta. Se construye cuando un niño tiene más oportunidades que excusas para empuñar un arma; cuando estudiar resulta más fácil que delinquir; cuando trabajar dignamente vale más que entrar a una organización criminal; cuando la justicia deja de ser un privilegio y se convierte en una garantía para todos.
Porque la violencia no aparece por generación espontánea. Se fabrica. Se alimenta del abandono, de la desigualdad, de la corrupción, de la indiferencia y de una clase dirigente que durante décadas prefirió administrar el problema antes que resolverlo.
Hasta que no entendamos eso, seguiremos reemplazando a los protagonistas de la violencia, pero nunca desmontaremos la fábrica que los produce.
Imagen creada con IA. El resto es responsabilidad de Elmandelacámara: operario de cámara, obsoleto, cansado y defectuoso de fábrica por pensar fuera del rebaño.
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