Manuel González Prada nos advertía que, en el Perú, «donde se pone el dedo, salta la pus». Décadas después, la putrefacción ha avanzado tanto que ya no encontramos un cuerpo enfermo, sino un cadáver social dentro de este territorio ocupado llamado Perú. Gran parte de esta descomposición se debe a la herencia del régimen de Alberto Fujimori y a la perpetuación de su legado, hoy liderado por su hija Keiko Fujimori.
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