𝑴𝒂𝒕𝒕𝒉𝒆𝒘 𝑯𝒐𝒑𝒌𝒊𝒏𝒔, 𝒆𝒍 “𝑾𝒊𝒕𝒄𝒉𝒇𝒊𝒏𝒅𝒆𝒓 𝑮𝒆𝒏𝒆𝒓𝒂𝒍”
Matthew Hopkins (c. 1620–1647) es una de las figuras más oscuras de la historia inglesa.
Autoproclamado Witchfinder General (Cazador General de Brujas), actuó durante los años más caóticos de la Guerra Civil Inglesa.
Nunca recibió ese título de forma oficial, pero en la práctica ejerció un poder casi absoluto sobre pueblos aterrados y magistrados complacientes.
Entre 1644 y 1647, junto a su colaborador John Stearne, lideró una auténtica cacería de brujas en el este de Inglaterra, especialmente en East Anglia.
En apenas tres años, unas 300 mujeres fueron ejecutadas tras ser acusadas de brujería.
Para ponerlo en contexto: Hopkins causó más muertes que todos los demás cazadores de brujas ingleses juntos en los 160 años anteriores.
No fue un episodio aislado de locura colectiva, sino una campaña sistemática basada en el miedo, la superstición y el beneficio económico.
Sus métodos evitaban la tortura “oficial”, prohibida por la ley inglesa, pero eran igual o más crueles.
Utilizaba la privación del sueño, manteniendo a las acusadas despiertas durante días hasta quebrar su resistencia mental.
Aplicaba la llamada “prueba del pinchazo”, buscando supuestas marcas del diablo en el cuerpo; si al clavar una aguja no había dolor o sangrado, se consideraba prueba de culpabilidad.
Otra práctica habitual era la prueba de natación: la mujer era atada y arrojada al agua.
Si flotaba, era culpable; si se hundía, era inocente… aunque muchas morían ahogadas antes de poder demostrarlo.
Detrás del fanatismo había también un negocio muy rentable.
Hopkins cobraba tarifas elevadísimas por sus “servicios”.
Mientras un trabajador ganaba unos seis peniques al día, él exigía hasta veinte chelines por visita, una suma desorbitada.
Algunos pueblos, como Stowmarket, tuvieron que imponer impuestos especiales para pagarle.
En total, llegó a reunir alrededor de 1.000 libras, una fortuna para la época.
El terror, literalmente, daba beneficios.
En 1647, poco antes de morir, publicó su único libro: "The Discovery of Witches".
En este breve tratado se defendía de las críticas, justificaba sus métodos —especialmente el “asecho”, es decir, la privación del sueño— y se presentaba como un servidor del bien común y del reino.
El texto tuvo una influencia duradera: cruzó el Atlántico y acabó influyendo en los criterios usados décadas después en los juicios de Salem, en Massachusetts.
Sin embargo, Hopkins no actuó sin oposición.
Su principal crítico fue el clérigo John Gaule, quien lo acusó públicamente de abusar de su poder y de comportarse como alguien “demasiado familiarizado con los secretos del diablo”.
La presión social, unida al elevado coste de sus servicios, llevó a que muchos magistrados empezaran a exigir pruebas más sólidas.
En 1646, su carrera comenzó a derrumbarse.
Hopkins murió en agosto de 1647, probablemente de tuberculosis.
Existe una leyenda popular que afirma que fue sometido a su propia prueba de natación y ejecutado como brujo, pero los registros parroquiales confirman que falleció enfermo y fue enterrado en Mistley Heath.
La realidad, menos poética, no es menos inquietante.
Hijo de un vicario puritano, Hopkins tenía un profundo conocimiento de la Biblia, que utilizó y manipuló para justificar interrogatorios y condenas.
Según él mismo, todo comenzó cuando aseguró haber escuchado a unas mujeres en Manningtree hablar de encuentros con el diablo cerca de su casa.
A partir de ahí, el miedo se convirtió en poder, y el poder en negocio.
Su figura ha quedado inmortalizada en la cultura popular, especialmente en la película de 1968 "Witchfinder General (El inquisidor en España)", protagonizada por Vincent Price.
Pero más allá del cine, Matthew Hopkins sigue siendo un recordatorio incómodo de hasta dónde puede llegar una sociedad cuando el miedo, la religión y el interés económico se mezclan sin control.
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