A veces me quedo mirando a gente así, de las que no saben estar quietas, y me pregunto si es que tienen un motor interno que no les deja apagar o si simplemente les da pánico el silencio.
Esa manía de mudarse, de cambiar de curro o de pareja como quien cambia de camisa, pensando que la felicidad es un destino geográfico, es un error de cálculo.
Porque sí, te puedes ir a la otra punta del mapa, cambiar las vistas por mar o montaña, pero el problema siempre es el mismo: te llevas el equipaje emocional puesto.
Eres tú, con tus miedos y tus líos, entrando por la puerta de esa casa nueva.
Y claro, cuando pasan los meses y esa novedad se gasta, vuelve la misma angustia de siempre.
Porque no has arreglado lo de dentro, solo has redecorado el decorado.
Y ahí entro yo, el de siempre, el que se queda.
¿Es suerte o es que he aprendido a estar cómodo en mi propia piel?
No sé si es una virtud, pero qué paz da poder sentarse un martes, solo, con un café, y no sentir que te falta algo para estar completo.
No hace falta que el mundo se mueva para que yo esté bien.
Ese "estar en mi sitio" sin buscar fuera lo que me falta dentro... eso es oro.
Quizás no sea la felicidad absoluta, pero es una base que no necesita mudanzas.
Y, siendo sinceros, hoy día me parece casi suficiente.
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