El crochet de mi mamá y la mentira del algoritmo
Hace unos días desactivé una cuenta de Instagram.
No era mi cuenta.
Era una que había creado para mi mamá.
Se llamaba El Ganchillo de Gloria.
Durante años pensé que internet podía ayudarla a vender los tejidos en crochet que hace con sus manos. Le tomé fotografías. Diseñé publicaciones. Subí contenido. Hice lo que se supone que uno debe hacer cuando le dicen que las redes sociales son una herramienta para emprender.
No funcionó.
Y eso me obligó a aceptar algo que durante mucho tiempo no quise ver.
Instagram nunca vendió un solo tejido.
Ni uno.
Los que sí compraron fueron los vecinos.
Los amigos. (De ella)
Los amigos de los amigos. (De ella)
La gente que conocía a mi mamá.
La gente que había visto su trabajo en persona.
La gente real.
La Matrix no compró una mierda.
Durante años nos vendieron una historia muy seductora.
Que cualquiera podía abrir una cuenta.
Que cualquiera podía construir una audiencia.
Que cualquiera podía convertir su oficio en un negocio.
Que el algoritmo conectaría mágicamente a los creadores con los compradores.
Pero la realidad fue mucho menos romántica.
La gente da likes.
La gente comenta.
La gente comparte.
La gente dice que ama lo artesanal.
Pero cuando llega la hora de sacar la billetera, descubre que ama mucho más las cosas baratas.
Un tejido en crochet puede tomar días o semanas o meses de trabajo.
Horas y horas de una persona sentada construyendo algo punto por punto.
Sin embargo, mucha gente ve el resultado final y calcula el precio como si hubiera aparecido por generación espontánea.
Recuerdo haber visto en París chales tejidos vendidos por cientos de euros.
No estaban vendiendo lana.
Estaban vendiendo tiempo.
Experiencia.
Paciencia.
Trabajo humano.
Aquí muchas veces la conversación empieza al revés.
No preguntan cuánto demoró hacerlo.
Preguntan cuánto descuento les van a hacer.
Y si son amigos, esperan un descuento.
Y si son amigos cercanos, esperan otro.
Y si además existe algún parentesco, amistad o historia familiar, el descuento se vuelve parte de la negociación nacional permanente.
El problema nunca fue el crochet.
El problema fue creer que Instagram era la solución.
Yo también compré esa fantasía.
Creí que estar en redes significaba vender.
Creí que la visibilidad era lo mismo que el valor.
Creí que el algoritmo podía crear clientes.
Y estaba equivocado.
Lo más extraño es que, al desactivar la cuenta, no sentí que estuviera cerrando un negocio.
Sentí que estaba enterrando una ilusión.
La ilusión de que las plataformas digitales premian automáticamente el trabajo bien hecho.
No lo hacen.
Premian muchas otras cosas.
La atención.
La repetición.
La publicidad.
La suerte.
A veces el escándalo.
A veces el humo.
Pero no necesariamente el trabajo bien hecho.
Sin embargo, hay algo hermoso en todo esto.
Porque mientras la cuenta fue incapaz de vender nada, los tejidos siguen existiendo.
Tengo diez cubrecamas hechos a mano por mi mamá.
Diez.
Y los amo.
Quizá Instagram desaparezca algún día.
Quizá Meta termine siendo otro fósil digital.
Quizá dentro de veinte años nadie recuerde qué era un reel.
Pero esos cubrecamas seguirán existiendo.
Seguirán contando una historia.
La de una mujer que pasó miles de horas tejiendo.
La de un hijo que creyó que internet podía ayudarla.
Y la de una lección incómoda que tardé años en aprender:
el valor de una cosa y la capacidad de venderla en redes sociales no son la misma cosa.
La cuenta fue desactivada.
La fantasía murió.
Pero los tejidos sobrevivieron.
Y, honestamente, creo que eso es lo más importante.
Operador de cámara.
Viejo.
Cansado.
Obsoleto.
Hijo de una mujer que teje mejor de lo que vende Instagram.
Amante del crochet de mamá.
Desilusionado de eso que llaman amistad.
Cansado de nadar contra la corriente.
Solo la mayor parte del tiempo.
Libre de la Matrix casi siempre.
Y cada día más lejos de la fantasía del algoritmo.
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International, MNA | Colombian authorities arrested a US citizen on Sunday who is accused of sexually abusing a child in Bogota, the capital's mayor said, in a case that has triggered outrage.
https://macaubusiness.com/colombia-arrests-us-citizen-after-alleged-child-abuse/
El sectarismo: la religión política que nunca abandonó Colombia
Hay una idea que se repite cada vez que cambia el gobierno: que ahora sí estamos más divididos que nunca.
Es falso.
Colombia no se dividió ayer. Colombia nació dividida.
Lo único que cambia es el nombre de los bandos.
Durante el siglo XIX fueron liberales y conservadores. Más tarde aparecieron nuevas etiquetas, nuevos discursos y nuevos enemigos. Comunistas contra anticomunistas. Guerrilleros contra patriotas. Paramilitares contra guerrillas. Uribistas contra antiuribistas. Petristas contra antipetristas. Ahora Cepedistas contra agüevardistas.
La mecánica siempre es la misma.
Se escoge una bandera.
Se elige un enemigo.
Se simplifica la realidad.
Y se invita a la población a odiar.
El ciudadano común entra entonces en una guerra que no es realmente suya.
Defiende políticos que jamás conocerá.
Discute con desconocidos en internet.
Pierde amistades.
Rompe relaciones familiares.
Se consume emocionalmente.
Todo para sentirse parte de una victoria que nunca le pertenece.
Porque cuando termina la campaña, cuando se cuentan los votos y cuando se apagan los discursos, la mayoría de la gente vuelve exactamente a la misma realidad que tenía antes.
Vuelve al trabajo.
Vuelve al transporte público.
Vuelve a las cuentas por pagar.
Vuelve a los problemas cotidianos que ningún fanatismo resolvió.
Lo más inquietante es que muchos confunden esta conducta con participación política.
No son lo mismo.
La participación política exige pensamiento crítico.
El sectarismo exige obediencia.
La participación política admite matices.
El sectarismo exige lealtad absoluta.
La participación política permite cuestionar incluso a quienes uno apoya.
El sectarismo considera traidor a quien hace preguntas.
Por eso el sectario necesita enemigos permanentes.
No puede existir sin ellos.
Su identidad depende de tener alguien a quien culpar, alguien a quien señalar y alguien a quien odiar.
La consecuencia es devastadora.
El debate desaparece.
La complejidad desaparece.
La realidad desaparece.
Solo quedan tribus.
Y mientras las tribus pelean entre sí convencidas de estar salvando el país, el país sigue avanzando entre los mismos problemas de siempre.
Quizás la pregunta no sea cuál bando tiene la razón.
Quizás la pregunta sea por qué, después de más de doscientos años de historia republicana, seguimos necesitando bandos para sentir que pertenecemos a algo.
Porque tal vez el sectarismo no sea una enfermedad exclusiva de la política colombiana.
Tal vez sea el refugio emocional de una zoociedad que todavía no aprendió a convivir con la diferencia.
Y por eso sobrevive a todos los gobiernos.
Sobrevive a todas las ideologías.
Sobrevive a todos los caudillos.
Cambia de color.
Cambia de nombre.
Cambia de uniforme.
Pero nunca se va.
@elmandelacamara, operario de cámara, cansado, obsoleto, aburrido, observando la zoociedad desde un viewfinder.
Portada creada con inteligencia artificial. Los sectarios son reales.
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Azules se la juegan por la vida con @IvanCepedaCast y @aida_quilcue 🫰🏽
#Bogotá ❤️🔥
Escuchan los riffs, no las letras
Siempre me ha causado gracia la gente que escucha Megadeth y sale con el discurso de “firmes por la patria”.
Ponen Symphony of Destruction a todo volumen.
Mueven la cabeza.
Hacen cuernos con la mano.
Se sienten rebeldes.
Y luego repiten exactamente los mismos discursos que la canción cuestiona.
No digo que haya que estar de acuerdo con Dave Mustaine. Ni siquiera él ha sido siempre coherente con sus propias letras.
Pero es curioso ver cómo muchos escuchan la música y nunca las palabras.
Escuchan guitarras.
No escuchan advertencias.
Escuchan velocidad.
No escuchan crítica.
Escuchan rebeldía.
No escuchan preguntas.
A veces pienso que si entendieran realmente algunas de las letras que cantan con tanta pasión, terminarían más incómodos que orgullosos.
Pero supongo que es más fácil agitar una bandera que leer una letra.
“I don’t care, you can kiss my ass.”
Y con eso queda resumida gran parte de mi relación con los fanáticos de cualquier dogma, venga de donde venga.
@elmandelacamara
Operario de cámara
Obsoleto. Cansado. Consciente.
La ilustración de portada no es mía. Es obra de @el_chico_sin_cabello_de_pan, un artista que sigo y admiro desde hace tiempo.
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